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Individualidad y conciencia colectiva – 3ra Parte
Individualidad y conciencia colectiva – 3ra Parte

10, agosto 2012

Luego de analizar someramente a Durkheim, ahora repasemos brevemente lo que sostenía Max Weber (1864-1920), a quien se tiene clasificado como un autor que desarrolla una teoría <psicológicamente orientada> y “cuya sociología es también subjetivista, aunque subraya los elementos racionales de la actividad mental del hombre”. En principio de cuentas, el clima intelectual alemán en la época en que aparece Weber está, en opinión de Timasheff, marcado por dos factores muy importantes. Por un lado la teoría marxista, en pleno apogeo en ese tiempo, y “el renacimiento de la filosofía kantiana, según la cual existe un abismo infranqueable entre el mundo de los fenómenos materiales y el mundo del <espíritu> que se manifiesta ante todo en los valores”. De este modo Weber estaba convencido de que las ciencias naturales y las ciencias sociales eran ámbitos independientes, donde en las <naturales> el interés del ser humano se centra en el <dominio> con el propósito de disponer de las fuerzas de la naturaleza para explotarlas y por el otro lado, en las <sociales>, el interés se centra en la <valoración> de los fenómenos. Así, la propia idea de cultura se asume como un concepto de <valor> y la realidad empírica se convierte en cultura para nosotros en tanto que la relacionamos con los valores. Para Weber los valores pertenecen al ámbito de las creencias y su validez no es asunto de <conocimiento>, sino de apreciación y por lo tanto son inútiles para ciencia social. Éstas deben investigarlos, “pero no pueden proporcionar normas e ideales que obliguen y de los que puedan derivarse principios que dirijan la actividad práctica. Por lo tanto en opinión de Weber, las ciencias sociales (incluida la sociología y la historia) deben ciencias libres de valores”. Sin embargo, si bien creo entender lo que Weber pretendía, me parece que camina por una cornisa resbalosa al hablar de la ciencia social como una disciplina de <apreciación> y <valoración> y que simultáneamente pretenda que esa valoración esté libre de prejuicios de quién observa. Coincido en la objetividad es lo deseable, pero en un asunto de <valoración>, la objetividad se vuelve naturalmente <subjetiva> en un cierto nivel. Ahí es un punto donde el trabajo de Durkheim puede complementar. Ni el que obra puede hacerlo libre de valores propios y comunitarios, ni quien lo analiza puede hacerlo tampoco. Una valoración histórica resulta imposible de hacer excluyendo el <punto de vista>; es decir, que quien investiga lo ve desde los inevitables ojos de <su tiempo> y de su grupo social y le resulta inevitable que esa perspectiva <contamine> su trabajo histórico y sociológico. La conciencia colectiva de Durkheim, junto con la suma de la propia conciencia individual del investigador parecen trabajar de la mano sin que sea posible disociarlas del todo.

Max Weber (1864–1920)

Si tratáramos de hacer un estudio sobre alguna cultura antigua, resultaría inevitable contrastarla con la nuestra, con la actual; contrastar los valores y las visiones de las distintas realidades es una acción que llevamos a la práctica, incluso cuando de manera consciente pretendemos tomar distancia. No podemos dejar de lado que hasta la propias escrituras sagradas de todos los tiempos hablan del <concepto de Dios> sin poder evitar hacerlo desde la perspectiva humana y por eso es tan común que todas las religiones, grandes o pequeñas, vigentes o superadas, tengan visiones antropomórficas de la divinidad. Pienso que esto es normal, puesto que sólo podemos explicar las cosas a partir de las palabras que conocemos y sólo podemos explicarlas desde nuestra realidad como humanos y de la circunstancia en la que estamos inmersos. Aquí es donde pienso que ambas teorías lejos de excluirse se complementan y también pienso que eventualmente tendremos que renunciar a la objetividad total, puesto que ésta es imposible, y hasta inútil. Una realidad sin contexto no dice mucho y a fin de cuentas, el contexto redefine lo que es real. Aunque pareciera no venir mucho a cuento, pensemos por un instante en el tiempo en que la tierra era plana. Naturalmente que en la <realidad real> nunca lo fue, pero si lo fue en la <realidad> de aquellos que habitaban ese tiempo. De tal forma que todo lo que se pensara, se investigara o se llevara a la práctica estaba anclado en una visión de un mundo físicamente plano. Así, la realidad <real> se veía modificada tanto en percepción, como en los actos, por una <certeza> individual y colectiva. En las ciencias sociales pienso que sucede lo mismo. Que el contexto influye en la <valoración> que cada individuo y cada colectividad hacen del mundo en el que viven, y por eso pienso que todos estos factores no pueden excluirse de una verdadera investigación sociológica y que ambas teorías Durkheim-Weber, en realidad son dos de los componentes de una sola visión integral. Weber hablaba de esa <variabilidad> de los sistemas y valores en el tiempo y el espacio, “puesto que los procesos culturales constantemente se están formando y reformando… […] y por eso “no hay que pensar en una ciencia sistemática y generalizadora de la cultura. La ciencia social tiene que ser una ciencia empírica de la realidad concreta”, y yo complementaría que debe saberse parcial y sujeta a ser reinterpretada desde un nuevo ángulo y contexto conforme sea modificado el tiempo y el espacio de esa revisión. Otro punto donde me parece que Weber y Durkheim se complementan es el cambio y la transformación. Durkheim hablaba de esa conciencia colectiva que termina por gobernar, desde una visión sociológica, el pensar y el actuar del individuo, pero se percibe como si esa conciencia fuera monolítica e inamovible, cosa que evidentemente no sucede, puesto que la realidad cultural y social cambian. Weber, por su parte, explica que para que se lleve a cabo una transformación social debe existir una predisposición individual para que ese cambio se de, es decir, “debe haber una fuerza motriz específica: la aceptación psicológica de valores e ideas favorables al cambio”. De este modo la aceptación psicológica individual a la posibilidad de que exista un cambio de valor o de conducta, da lugar a que ese nuevo agregado termine por permear al colectivo y así integrarse a esos valores y lineamientos que forman la conciencia colectiva defendida por Durkheim. Y hay un factor, que me parece de capital importancia, y que nuevamente termina por complementar ambas teorías: la intencionalidad. Para Durkheim el individuo actúa en función a lo que determina el colectivo, pero por otro lado es complicado pensar en un valor o una acción concreta que carezca por completo de un propósito o una intención, y esto, a mi juicio, se ve mucho más claro, y de hecho pienso que se constituye desde el plano individual. Las intenciones de un grupo social están inevitablemente ancladas en las intenciones y expectativas del individuo. Pertenecemos a un grupo y actuamos en muchos aspectos de manera homogénea con él, y quizá en primera instancia lo hacemos para <pertenecer> para ser <aceptados> y que así interiormente nos sintamos como parte de algo <mayor>, puede ser un grupo, una nacionalidad, incluso una afición como podría ser el identificarnos con un equipo de futbol más que con otro. La conciencia colectiva que nos <obliga> a actuar de cierta manera sólo causa efecto en el individuo cuando de alguna forma corresponde con sus motivaciones, convicciones e intenciones internas, y una vez más ambas visiones se complementan. Para Weber la sociología es principalmente el estudio de la <acción orientada hacia la conducta de los demás> y esa orientación hacia el exterior del individuo es lo que la distingue de la psicología. “Pero es más importante la idea de Weber según la cual la acción social es una especie de conducta que implica un sentido para el actor mismo”. Cada individuo forma parte de un grupos social, pero cada acción que lleva a cabo, acorde con esa colectividad, está alimentada por una motivación e intención interna y personal. Esta idea me parece luminosa porque vincula al individuo con la colectividad y le da valor y peso a cada acción personal, sin olvidar la inevitable corriente poderosa de la colectividad influyendo en la acción y el pensar del individuo. Me queda claro que ninguna de las teorías es mejor que otra, al contrario, estoy convencido de que encaran el mismo fenómeno social de manera distinta y eso implica que tanto el punto de vista, el objeto de investigación y, por consiguiente, los resultados, sean distintos. Uno puede analizar el mismo fenómeno desde la perspectiva de uno y otro y si bien es cierto que los resultados serán diferentes, eso no quita que ambos resultados posean el mismo grado de eficacia y de verdad. De esa manera, ambas visiones se complementan y quizá el peor defecto de ambas es la pretensión de excluirse mutuamente. Los hechos individuales y colectivos se intercomunican y forman una estrecha simbiosis en la que resulta cada vez más complejo encontrar las fronteras claras entre una y otra manera de observar los fenómenos sociales. Además, nuestra realidad actual y seguramente lo que nos depara el futuro, presentan nuevos retos y nuevos requerimientos y consideraciones para el estudio del fenómeno sociológico. Ningún individuo pensaría como piensa en el caso de pertenecer a otro grupo social, de la misma manera que el conjunto se ve influido por las ideas y corrientes que vienen de fuera. El mejor ejemplo es la música o el cine en el entorno cotidiano de las sociedades occidentales del hoy. Más allá de las creaciones tradicionales de cada sociedad, ambas manifestaciones se relacionan y mezclan con las vienen de fuera –en especial de Estados Unidos que a partir de su poder económico y comercial ha logrado que su “cultura”, por llamarla de alguna manera, trascienda sus fronteras y se integre con las demás– han terminado por influir en los gustos y las tendencias que se viven cotidianamente en cada país a donde llegan. Quizá en la época de Durkheim y de Weber este fenómeno fuera más lento o menos evidente, pero en la actualidad la rapidez de las comunicaciones hace que un sinnúmero de influencias lleguen de inmediato y con muchísima fuerza y permeen en el gusto y la sensibilidad nacional. Pensemos un poco en nuestra propia realidad. Un niño promedio de clase media urbana de hoy sabe tanto o más de costumbres e idiosincrasia de otros países –como, de nuevo, los Estados Unidos– que del suyo propio. Ninguno cambia a Santa por los Reyes o Halloween por Día de Muertos, y no parece lejano el día en que se conozca mejor a Nixon o a Lincoln, que a Miguel Hidalgo y a Juárez (sin duda cualquier adolescente conoce mejor, o al menos le suena más, Nixon o Kennedy que Luis Echeverría o José López Portillo) y a fin de cuentas, todos estos impactos son híbridos entre lo social y lo individual. Mucha de esta información llega uno a uno: computadora con internet o televisión contra espectador en lo privado. Y si hace falta otro gran ejemplo de lo que lo individual influye en el grupo, no hace falta sino recordar lo acontecido hace apenas unos meses en Egipto, donde las influencias exteriores y el uso de las redes sociales a partir de un conjunto de individuos, influyó de tal manera que destruyó un régimen de gobierno que lleva décadas de instaurado. Naturalmente que no sólo fue Facebook, sino, supongo, una enorme gama de corrientes que ya se debatían y agitaban en aquel país desde muchos años atrás, pero ese factor externo fue la clave para transformar las condiciones reales de todo el grupo social. Otra vez lo digo, comprendo que estas dinámicas sociales no eran propias de la época de ambos filósofos y resultaban fenómenos que para ellos eran imposibles de predecir, lo único que quisiera dejar en claro es que hoy en día resulta tremendamente complicado  afirmar que los hechos se mueven exclusivamente de una manera o de otra. Justamente aquí podemos ver aplicado lo que decía antes respecto a que la realidad se ve modificada por la percepción. Lo que ambos decían en sus tiempo era verdad para ellos, sin embargo nuestra visión de los hechos, desde una perspectiva tan distinta, nos lleva replantearnos ambas teorías y ponerlas bajo un nuevo matiz, a partir del cual juzgamos los mismos hechos sociales, tanto individuales como colectivos, pero desde una realidad y perspectiva muy distinta de la que se vivía a principios del siglo XX.