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Los tres ojos del conocimiento - 4ta Parte
Los tres ojos del conocimiento - 4ta Parte

21, agosto 2012

Estos textos forman parte de una serie donde se aborda el problema perpetuo de la lucha entre el conocimiento científico y las instituciones religiosas y espirituales. Basado en un texto de Ken Wilber, se analiza las diferencias entre un tipo de conocimiento y otro, y se profundiza sobre los mecanismo de validación en cada caso.   Las semillas del Empirismo   En realidad, como hemos visto hasta ahora, el problema de fondo no es la ciencia en sí, que a fin de cuentas no es otra cosa que un cuerpo organizado de conocimiento verificable y al que podemos acceder por medio del ojo de la carne. El problema en realidad está en restarle validez a cualquier otra cosa que no quepa en ese cajón. Para ello, y de la mano de Wilber y su texto, analizaremos ahora brevemente el devenir de la ciencia, desde lo sucedido antes del 1600, donde el dogma gobernaba la verdad empírica, hasta los tiempos en que la ciencia se ha erigido a sí misma como el nuevo dogma inapelable y la portadora de la única verdad:  

Galileo Galilei

Antes del año 1,600 el conocimiento humano estaba dominado por la Iglesia, por el dogma, que no diferenciaba entre el ojo de la contemplación, el ojo de la razón y el ojo de la sensación. Si la Biblia decía que el mundo había sido creado en siete días, así era; si el dogma decía que un objeto diez veces más pesado que otro caía diez veces más rápido, así era. En medio de todo aquel revoltijo nadie se preocupaba por emplear celosamente el ojo de la carne y mirar sin más el mundo natural. ¿Era cierto, como decía la Iglesia, que un objeto más pesado cae más rápido que otro más liviano? ¿Por qué no comprobarlo?[1] Y si, por fin un señor llamado Galileo Galilei subió a la Torre de Pisa y arrojó dos objetos de distinto peso, que, contra todo pronóstico, llegaron al piso al mismo tiempo. En estricto sentido, lo único que hizo fue una observación simple –es decir, usar el ojo de la carne–, pero esto tiene una enorme trascendencia puesto que inaugura una tradición empírica que hoy marca cada cosa que sucede en nuestro tiempo. Naturalmente que sería equivocado decir que Galileo, Kepler y demás científicos de su generación fueron los primeros en utilizar la observación de manera seria y metódica –Aristóteles lo hizo hasta la saciedad y dio cuenta de ello al escribir sobre todas las materias imaginables–. La diferencia es que ellos, muy en especial Galileo y Kepler, lo hicieron dando pie a un sistema que cambió para el ser humano la faz de la tierra: el método científico. “Así, Kepler y Galileo no sólo utilizaron el ojo de la carne para mirar la naturaleza sino que lo usaron para mirarla de un modo determinado y esa especial forma de mirar constituyó el descubrimiento del método científico, de la ciencia moderna, de la ciencia empírica real”[2]. La puntualización no es menor porque el avance de la ciencia no se debe solamente a la observación en sí, cosa que ha sucedido desde los tiempos más remotos, sino que es justamente ese “sistema” de observar de una manera determinada lo que permite sacarle partido a los resultados de la observación. El método científico era eminentemente empírico-experimental, lo que permitía elaborar ciertas hipótesis que debían ser sujetas a comprobación. Esto aportó un panorama totalmente nuevo a los racionalistas que, si bien ya desde antes hacían su trabajo racional de manera óptima, no estaban libres –como de hecho sucedía– de hacer sus inducciones y deducciones a partir de premisas falsas. El método científico lo que hace en la práctica –y que no es poca cosa– es conseguir que las premisas iniciales que el razonamiento utiliza para desarrollar su propio ámbito –el ojo de la razón– sean evidentes y verdaderas. De este modo podemos ver gráficamente como un sistema de jerarquía inferior –ojo de la carne– es asimilado, integrado y trascendido por uno –el la mente– de jerarquía superior, pero que sin dicha operación no puede desarrollarse plenamente. En sus experimentos desde lo alto de la Torre de Pisa, Galileo se pasó sus buenas horas dejando caer –y comparando– objetos de distinto tamaño y mismo peso, de distinto peso y mismo tamaño, etc., hasta concluir que la premisa original –los objetos más pesados caen más rápidamente– era falsa. Gracias a esto concluyó por determinar justo lo opuesto: que, en el vacío, todos los objetos caen con la misma aceleración. A partir de ese momento la ciencia contaba con una premisa verdadera que le permitía utilizar la razón para empezar a lidiar con conceptos como fricción, resistencia al viento, y un sin número de factores que adicionados a la premisa original, generaban resultados distintos.

Galileo en la Inquisición

De lo que se trataba ahora era justamente se seguir en la búsqueda de premisas verdaderas y para eso el método científico se pintaba sólo. Pero todo esto nos permite comprobar que ese método científico, llamémosle “original” era empírico e inductivo y no racional y deductivo. Todo suceso en el mundo físico –natural o provocado– deviene necesariamente en un cambio. Y dicho cambio consiste esencialmente en un desplazamiento en el tiempo y el espacio. De esta manera si ese cambio –desplazamiento en el tiempo-espacio– no puede medirse, dicho fenómeno no puede ser sujeto de un experimento científico-empírico, y por lo tanto, para lo que respecta a la ciencia, es como si no existiera. Por eso no parece exagerada la postura de Wilber que afirma que la ciencia empírico-analítica consiste esencialmente en medir. “La medida, y casi sólo la medida, es la que nos proporciona los datos de los experimentos […] Donde Aristóteles había clasificado Kepler y Galileo se pusieron a medir”[3]. En opinión de Wilber, la ciencia moderna no había nacido antes porque nunca antes –al menos no con el rigor de Kepler y Galileo– se había abocado a medir. La esencia del nuevo método consiste en encontrar objetos y fenómenos mesurables y posteriormente investigar las relaciones que hay entre dichos objetos y medidas. Ése es, en lo profundo, el papel de la ciencia; atribuirle menos o atribuirle más conduce directamente a la falacia y el equívoco. Pensando en un ejemplo práctico respecto a estos límites, podemos decir que para que la psicología pueda ser considerada una ciencia empírica debe aportar resultados mesurables. Desde este punto de vista el conductismo es una ciencia empírica, pero el psicoanálisis no.

 


[1]Wilber Ken, Los tres ojos del conocimiento, Sexta Edición, Barcelona, Kairós, 2010, Pág. 25.
[2] Íbidem, Pág. 26.
[3] Íbidem, Pág. 29.