Blog

Los tres ojos del conocimiento - 5ta Parte
Los tres ojos del conocimiento - 5ta Parte

28, agosto 2012

Estos textos forman parte de una serie donde se aborda el problema perpetuo de la lucha entre el conocimiento científico y las instituciones religiosas y espirituales. Basado en un texto de Ken Wilber, se analiza las diferencias entre un tipo de conocimiento y otro, y se profundiza sobre los mecanismo de validación en cada caso.   Kant y los límites de la Razón   “La quinta esencia –nos dice Wilber– de la verdad carnal es el hecho empírico, la quintaesencia de la verdad mental es la intuición filosófica y psicológica, y la quintaesencia de la verdad contemplativa es la sabiduría espiritual”[1].

El conocimiento empírico se limita a lo medible

Si la humanidad hubiera entendido esto desde el principio, tanto la filosofía como la religión habrían podido liberarse del intento por asumir el papel de pseudociencias y desarrollarse en su propio ámbito. Lamentablemente no creo que haya sido así, al menos no del todo. Si cada uno de los ojos se desarrollara en su propio ámbito y respetado los otros, cada uno habría podido alcanzar sus propias verdades sin descalificar las de los demás. Si la geografía hubiera respondido a la parte de las preguntas que le tocaban responder, el monje Cosmas, citado párrafos atrás, habría podido liberarse de tener que explicar la forma de la tierra a partir de premisas equivocadas y habría podido dedicar todas sus energías a la auténtica contemplación. En opinión de Wilber Kant hizo por el ojo de la razón el equivalente de lo que Kepler y Galileo hicieron por el ojo de la carne: “es decir, de la misma manera  que Galileo y Kepler despojaron a la religión de su lastre <científico> innecesario, Kant la aligeró del exceso de racionalización. Y este hecho, aunque haya sido muy mal comprendido, terminó teniendo una importancia extraordinaria”[2]. Antes de Kant –y, lamentablemente, sin duda también después– los filósofos no sólo se dedicaban a la tarea imposible de deducir las verdades empíricas, sino que también trataban de deducir las verdades espirituales –lo cual, como se verá, también es imposible–.  

Kant y los límites de la razón

Tanto filósofos religiosos como profanos hacían todo tipo de afirmaciones racionales sobre lo que ellos consideraban realidades y verdades definitivas. Tomás de Aquino, por ejemplo, ofrecía todo tipo de <pruebas> racionales de la existencia de Dios, y algo parecido hicieron Descartes, Aristóteles, san Anselmo y otros. Su error consistió en intentar demostrar con el ojo de la razón lo que sólo podía ver el ojo de la contemplación. Alguien, más pronto o más tarde, tenía que terminar descubriendo el engaño. Ése fue Kant.[3]   Desde la lectura de Wilber, Kant descubrió que cada vez que intentamos razonar desde sobre la realidad transempírica, somos capaces de argumentar con la misma plausibilidad en lineas totalmente contradictorias, lo cual demuestra que dicho razonamiento es inútil. “La razón pura es sencillamente incapaz de captar la realidades trascendentes, y cuando lo intenta, sólo llega a conclusiones contradictorias igualmente plausibles”[4]. La razón, por lo tanto, no puede captar la esencia de la Realidad Absoluta porque no está capacitada para ello, y al intentarlo sólo genera paradojas sin solución. Esto no debe asombrar a nadie, puesto que toda construcción de la mente humana –desde el lenguaje hasta la lógica– es de naturaleza dual (relación yo/el otro, u observador y observado) y por lo tanto ni siquiera existen términos inteligibles que expliquen con claridad lógica, analítica y racional el concepto de Absoluto sin caer en contradicciones o paradojas. Y es entonces cuando comprendemos que frases como “yo soy el que soy”, “el Uno sin dos”, “Todo es Dharma”, “la Realidad es Atman”, “el Todo es la unión de opuestos”, etc, son paradójicas, absurdas, ilógicas, indemostrables ni empírica ni racionalmente y sin embargo, vistas desde el ojo de la contemplación, profundamente verdaderas.  Cuando el ser humano trata de captar y entender a Dios por medio de la mente no genera más que contrasentidos.   Kant demostró algo que, más tarde, también afirmaría Wittgenstein: <La mayoría de los problemas metafísicos no son falsos sino que carecen de sentido. No es que las respuestas sean erróneas sino que la pregunta es absurda...>. Esta equivocación está basada en el error categorial de intentar ver el Cielo con el ojo de la razón. Con todo esto no estoy queriendo decir que Kant fuera un iluminado (es decir, alguien que tuviera completamente abierto el ojo de la contemplación) porque, obviamente no lo era. Todo parece señalar que Kant no tenía comprensión real de la contemplación, por eso pensaba que su Crítica de la Razón Pura demostraba de modo concluyente que la Divinidad nunca puede ser conocida directamente ni intuida absolutamente, cuando en realidad, lo único que demuestra es que Dios no pude ser conocido por medio de los sentidos ni por medio de la razón.[5]  

Conocimiento contemplativo y el rompimiento de las barreras

Quizá sin poder articularlo directamente, lo que Kant terminó por demostrar es que ni las filosofía ni la ciencia empírica son capaces de alcanzar a Dios y por eso nuestra única aspiración como humanos es la postular moralmente su existencia. A diferencia de lo que Wilber propone con el ojo de la contemplación –y lo que son capaces de realizar los verdaderos místicos de la humanidad–, Kant pensaba que la intuición de Dios por conducto de la conciencia directa resultaba imposible. El problema que aun enfrentamos en la actualidad es que, haciendo caso omiso de Kant y sus postulados –o peor aún, basándose en una lectura errónea de sus textos– el ojo de la carne, deslumbrado por los postulados y descubrimientos de Newton, se creyó el único método válido para alcanzar el Verdadero Conocimiento. Y poco tiempo después, con la aparición de Augusto Comte y demás positivistas, se descalificaron por completo el resto de las posibilidades no empíricas y el cientificismo exacerbado “cayó presa precisamente del mismo error categorial que había descubierto en la teología dogmática y que tan caro había hecho pagar a la religión. Los cientificistas trataron de obligar a la ciencia empírica, al ojo de la carne, a hacer el trabajo de los otros dos ojos”[6].  


[1] Wilber Ken, Los tres ojos del conocimiento, Sexta Edición, Barcelona, Kairós, 2010, Pág. 31.
[2] Íbidem, Pág. 32.
[3] Ídem.
[4] Íbidem, Pág. 32-33.
[5] Íbidem, Pág. 34.
[6] Íbidem, Pág. 35.