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Ámsterdam: la ciudad de las mil caras
Ámsterdam: la ciudad de las mil caras

1, marzo 2014

Con su forma de herradura y su infinidad de puentes y calles irregulares, Ámsterdam puede convertirse en un laberinto de torres puntiagudas y edificios medievales.

Pero también puede aparecer ante los ojos del viajero como una ciudad de vanguardia y respeto a los derechos civiles y las libertades más elementales; o como una aldea inmensa, plácida y amable, que abre sus brazos a quien la visita; de la misma forma que se manifiesta como como un paraje sórdido y depravado, con sus sex-shops a cada esquina, con sus turistas abotagados de cerveza, sus vitrinas dónde prostitutas de todas las condiciones imaginables se exhiben a la renta y sus coffee-shops en las que pueden degustarse extensas variedades de hachís y mariguana.

Ámsterdam es todo eso y mucho más. Anclada en sus remotos orígenes –allá por el año de 1200- casi resulta inexplicable porque sus primeros pobladores escogieron justamente esos terrenos pantanosos de la desembocadura del Amstel para asentarse.

Quién podía haber previsto su Edad de Oro –en la medianía del 1600- con su Rembrandt y sus colonizaciones en oriente que los convirtieron en los reyes e las especias.

En la Segunda Guerra Mundial fueron invadidos por Alemania y eso dejó al mundo el testimonio de Ana Frank y su casa secreta, que de poco le sirvió porque tanto ella como su familia terminaron muriendo en campos de concentración allá por 1945. Pero luego vino Van Gogh para reconciliarnos de nuevo con la vida.

Ámsterdam también es una ciudad sumergida. Prácticamente toda está bajo el nivel del mar. Pero también es una ciudad de canales navegables y serenos que encarnan el verdadero espíritu de la ciudad, dónde cualquier cosa, por disímbola que parezca puede convivir y dónde al mismo tiempo todo parece fluir en armonía y paz.