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Apuntes sobre la Libertad - 4
Apuntes sobre la Libertad - 4

26, octubre 2012

En el apunte anterior dejamos semblanteada esa segunda faceta de la libertad a la que me refería desde el principio del texto y que poco o nada tiene que ver con el derecho positivo: la decisión del individuo respecto a lo que quiere y a la manera en que le gustaría lograrlo. Me resulta evidente que la libertad, si bien en el plano ideal y en papel podría ser la misma para todos, en la concreción real nunca termina por ser así. Tomo como ejemplo la libertad en los términos en que Hart la platea en su texto: “sea un derecho igual (para) todo adulto humano capaz de elegir: 1)tiene el derecho de que todos los demás lo toleren sin usar la coerción o la restricción contra él, salvo para impedir la coerción o restricción, y 2) está en libertad de ejecutar (es decir, no tiene obligación de abstenerse al respecto) cualquier acción que no sea de coerción o restricción, o esté destinada a perjudicar a otras personas”[1]. Ésta me parece una visión muy superficial y hasta frívola de la libertad, que podría resumirse en el <derecho a ser y comportarte como se te ocurra> y <hacer lo que quieras en tanto no cometas un delito>. Si nos atenemos a estas consideraciones podemos afirmar que los mexicanos somos libres, porque, salvo en comunidades demasiado conservadoras o cerradas –caso que ya implicaría una limitación de las libertades– podemos pensar, vestirnos y decir lo que se nos ocurra, además de que, siempre y cuando no nos agarre el alcoholímetro, podemos beber lo que nos de la gana y hacerlo donde mejor nos parezca. Eso sin contar con la gran “dádiva” que el Estado nos otorga de poder ejercer libremente el voto. Dicho lo cual, nuestro país sería un ejemplo mundial de libertad. Sin embargo, si lo analizamos con mayor profundidad nos encontramos con que <la libertad> en el territorio del derecho positivo no es otra cosa que el permiso para hacer todo aquello que no esté prohibido, pero La Libertad entendida como esa facultad esencial para <convertirte en la mejor versión de ti mismo> es muchísimo más profunda. Es un valor supremo cuyo ejercicio consciente y responsable conduce y guía la vida del individuo. No es libre el que hace lo que se le ocurre, si no aquel que, sacrificando las ocurrencias y las gratificaciones momentáneas –como es sentarse la tarde entera a ver la tele, o a emborracharse con el vecino, o a sumar una tras otra, un sin fin de parejas sexuales sin ton ni son– toma cada una de sus decisiones y acciones de tal manera que sea para una bien mayor en su vida y lo acerque –una vez más- a convertirse en la <mejor versión posible de sí mismo>. Esa es para mi la verdadera Libertad: en plena conciencia de quien soy de lo que deseo, quiero convertirme en X clase de persona y, en consecuencia, cada cosa que hago –me cueste o no trabajo– lo hago en función a ese plan. En mi experiencia, esta es una clase de libertad exigente y en ocasiones dolorosa, pero que en largo plazo rinde verdaderos frutos cuando compruebo que mi <identidad ideal> y mi <identidad real> paulatinamente se asemejan. La Libertad entendida de esa manera, es un ejercicio de reflexión, de decisión y, en última instancia, de voluntad. Es la capacidad individual para pensar, sentir y hacer en función de los propios deseos, convicciones y necesidades profundas (y en todos los niveles y dimensiones del ser y la identidad), y esto está a años luz de parecerse a <hacer lo que se me ocurra, mientras no esté prohibido>. Las cosas que yo, en el ejercicio pleno de mi libertad quiero conseguir –las que importan, desde luego–, no me llegarán sin que yo lo decida y actúe en consecuencia. Pienso que es un grave error cultural que la libertad se asocie con <hacer lo que se me ocurra, mientras no esté prohibido> y que conste que de ninguna manera se trata de un tema moral, sino práctico. Si quiero terminar mi siguiente novela –que, por cierto, libremente elegí escribir– tengo que comprometerme conmigo mismo y mientras los demás van al cine o se pierden en Facebook o se reúnen a departir y beber hasta el desmayo, yo, ejerciendo plenamente mi libertad, me siento a escribir. Estamos condenados a no ser libres, y sólo si nos decidimos, habremos de lograr –aunque sea parcialmente– nuestra liberación. Somos esclavos de la desidia, de la dispersión y de la gratificación inmediata y vacía y si queremos escapar de ese estado, debemos luchar –una lucha gozosa, debo decirlo, pero lucha al fin– cada día de nuestra vida para lograrlo. Visto de esta manera, la libertad es la principal herramienta de la que goza el espíritu humano para alcanzar su realización plena: convertirse, como ya se dijo, en la mejor versión de sí mismo.  


[1] Hart H. L. A., “¿Existen los derechos naturales?” en Quitón, A., Filosofía Política, México, FCE, 1974, Pág. 84.