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Botella al Mar
Botella al Mar

6, marzo 2012

Para la abuela los océanos siempre fueron fronteras casi infranqueables que separan mundos distintos y los alejan. A mi, al contrario, me gusta creer que son caminos azules y tersos que nos comunican y nos permiten llegar a cualquier parte. Quizá como todo el mundo, yo también soy un náufrago de mí mismo que vive oculto y agazapado en su isla privada y particular. Es posible que en nuestros tiempos la apariencia de comunicación sea mayor que en ninguna otra época, al mismo tiempo que nos invade la más terrible soledad. Es asombroso que en la era de los mensajes instantáneos, del Facebook, el Twitter, el correo electrónico y un sin fin de herramientas casi mágicas, nuestra sensación de aislamiento y lejanía sean más intensas que nunca. Vivimos en un mundo de cercanía virtual pero ilusoria, con cientos de amigos que jamás hemos visto y a quienes habitualmente confesamos secretos que ni en broma compartimos con nuestros seres más entrañables; y yo, por más que lo intento, no consigo acostumbrarme a pensar que de verdad charlo con alguien a través de un teclado y de la pantalla de un ordenador. Ahora mismo estoy en mi estudio, solo y rodeado de libros, cuadernos y borradores y sin saber qué pensar respecto a este blog y lo que debo escribir en él. Por un lado es una obligación. Ahora que por fin he publicado mi primera novela debo mantener el contacto y la comunicación con aquellos que me leen y que han dedicado horas de su vida a ese primer libro y que ahora en venganza, constituidos en un ente intangible de mil voces, a la manera de un dragón mitológico, me exigen más y más y sinceramente no sé qué decirles. Por otro lado, esta “Botella al Mar”, arrojada a las caprichosas corrientes de la nada, es también para mí un deseo imperativo. A diferencia de todos los demás animales, que tan felices son lamiéndose unos a otros y disfrutando del mundo y de su propia individualidad sin que nada más les importe, los seres humanos tenemos la ferviente necesidad de comunicarnos, de decir y de que otro nos escuche y nos participe de sus propias ideas para tener la ilusión de que no estamos solos. Ese es justo el propósito de este espacio: imaginar que no estoy solo. Compartir un poco de todo aquello que me cala los huesos y me calienta la sangre, aquello que me rebota en la cabeza y me atosiga como una sombra de la que no me puedo desprender, algo de lo que me divierte, de lo que me emociona, de lo que me entristece, un poco de eso que considero importante aunque no lo sea, siempre y cuando sepa que me escuchas, que estás al otro lado retroalimentándome con tu propia opinión. En fin, de lo que se trata es de charlar un poco, de confrontar mis insensateces con las tuyas, es al mismo tiempo una búsqueda, una exploración de mí mismo y, nunca se sabe, en una de esas, a fuerza de exhibir impúdicamente todas mis manías y mis fobias, termine por saber a ciencia cierta quién soy. Gracias por haber llegado hasta aquí y acompañarme en el principio de esta aventura. Regálame unos cuántos minutos cada semana y enriquéceme con tus opiniones. Critica, búrlate, discute, empatiza, reclámame lo que quieras, indígnate, ponte feliz… pero por ningún motivo me dejes hablando solo. JC Aldir