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Budapest: La Gran Señora del Danubio
Budapest: La Gran Señora del Danubio

1, marzo 2014

Como tal ésta ciudad fue fundada apenas en 1873 –tras la unificación de tres poblaciones distintas: Buda, Óbuda, y Pest-; sin embargo en la zona ya había asentamientos humanos desde el Paleolítico.

Los romanos fundaron ahí la ciudad de Aquincum, pero en el siglo V fue tomada por Atila y dominada por los hunos. Luego fue gobernada por los godos, los lombardos y los ávaros; pero no fue sino hasta el año 896 en que, acaudillados por el príncipe Árpád, arribaron desde los Urales los magiares –antepasados de los actuales húngaros- para afincarse definitivamente.
Con san Esteban a la cabeza sentaron las bases del moderno estado húngaro y abrazaron el cristianismo, doctrina que los influyó de forma profunda.

Las vicisitudes de este pueblo -marcado por su privilegiada posición geográfica en el centro de Europa- no terminaron ahí pues luego fueron invadidos por mongoles y turcos, de quienes fueron liberados por los ejércitos cristianos y entregados a los Habsburgo con los que –luego de rebeliones y revueltas- firmaron los acuerdos de 1867 para crear el imperio austrohúngaro.

Con la Primera Guerra Mundial cayó la monarquía y Hungría perdió dos tercios de su territorio; y por si algo faltara, fueron invadidos por las tropas rusas en 1945, quienes gobernaron con mano de hierro hasta la caída del régimen comunista y las elecciones libres de 1990. Como se ve, la Gran Señora del Danubio no ha tenido demasiada paz.

Por eso no es de extrañar que por sus calles convivan los más diversos estilos arquitectónicos y que fuera de museos y monumentos vendan afiches y prendas del ejército soviético.

Sus habitantes, influidos por el clima –frío y lluvioso casi todo el año- y por las condiciones históricas, se muestren esquivos y melancólicos.

Como sea, a pesar de un idioma imposible, lleno de consonantes impronunciables, los húngaros son gente amable y cordial. Uno no pude irse de Budapest sin saborear un buen gulasch (guisado de vaca y condimentado con páprika) y mucho menos sin probar el hígado de Oca que es una verdadera delicia y cuyo sabor -como dijo Miguel Ángel Asturias al visitar ésta ciudad y referirse a la cocina húngara- ‘es un idioma que entienden todos’.