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Cerebro y Pensamiento 3era Parte
Cerebro y Pensamiento 3era Parte

29, junio 2012

La conciencia y el yo   En su texto Vida, naturaleza y ciencia, Detlev Ganten aborda algunos de los temas que más me apasionan y que tengo la impresión de que están notoriamente subestudiados: los sentimientos, la relación que éstos guardan con la razón y la inteligencia, y la conciencia como parte del yo y como impulsora del libre albedrío. En principio de cuentas desde que Descartes asombrara al mundo con su ultrafamosa máxima <pienso, luego existo> ha quedado profundamente arraigada la idea de que es el razonamiento lo que nos hace humanos. Sin embargo hoy nos sobran los motivos para cambiar de parecer. Desde luego que las capacidades intelectuales son una de las principales características que nos distingue a los humanos de las demás especies. En cierto sentido todos los animales tienen algún grado de inteligencia, de la misma manera que en todos existe una fuerte carga emocional e instintiva que les permite sobrevivir en un mundo hostil. En el caso de los humanos la situación es la misma: además de la inteligencia poseemos una enorme carga instintiva y emocional que nos permite conocer el mundo de una forma absolutamente particular. El hombre no los es porque piensa, sino que lo es porque piensa y siente y resulta imposible disociar una función de la otra. En mi opinión esta gran amalgama resulta muy evidente cuando contrastamos la inteligencia humana con la inteligencia artificial. En gran medida las máquinas poseen capacidades de cálculo y ejecución con una eficacia difícil de igualar para cualquier humano. Cómo no recordar aquellas célebres partidas de ajedrez que el ordenador Deep Blue le ganó al campeón mundial Gary Kasparov. Pero aún esas victorias no hacían a la máquina superior al humano. Quizá ciertos circuitos sean capaces de pensar más rápido y preciso que un humano, pero sólo son capaces de hacer aquello para lo que fueron creadas, mientras que un humano no sólo puede inventar esos circuitos, sino que puede enamorarse, escribir un poema, navegar en un velero y cocinar un pastel de zarzamora. El hombre piensa todo el tiempo, pero también siente sin interrumpir ni un solo momento ese proceso. Así, tal y como nos comenta Ganten: “los sentimientos están muy estrechamente relacionados con nuestro modo de pensar, y ninguno de los dos podría arreglárselas sin el otro. […] No existe la supuesta oposición entre razón y sentimientos. Nuestros sentimientos no son enemigos, sino parte integrante de nuestro pensamiento. Sin el sentimiento no podría existir la acción racional”[1]. Coincido plenamente con el autor. No es posible tener un pensamiento racional puro sin experimentar una emoción o sin pasar ese pensamiento por el tamiz de la experiencia sensible. La emoción es quizá la parte principal y más importante de nuestra interpretación del mundo. Es a partir de ella que juzgamos un acontecimiento exterior o que somos capaces de construir un sistema ético y moral. Nuestra manera de ver el mundo cambia y por eso nuestros sistemas políticos, religiosos, éticos y morales se modifican también. La cultura es un producto del intelecto, pero cuando menos en la misma proporción lo es del sentimiento. Qué los antepasados del hombre empezaran, por ejemplo, a enterrar a sus muertos, no un acto exclusivamente racional, es más bien emocional y simbólico. La esencia de lo humano no es solamente la búsqueda de la perfección matemática, sino la estética, el amor, los sueños, los deseos y las pasiones en general. El deber, la lealtad, los lazos filiales no son producto de una decisión racional, sino de la carga emotiva, de las necesidades del humano por trascender, por ser aceptado, por pertenecer a su entorno y a su medio. “Algunos investigadores -nos dice Ganten- van un poco más lejos, y se preguntan por qué el pensar y el sentir son vistos como dos cosas distintas. Han llegado a la conclusión de que el paradigma del procesamiento de la información debería admitir una teoría unitaria del pensar y el sentir, y en general de todos los procesos mentales”[2].   Para la metafísica, la conciencia es una especie de capacidad de autopercepción que trasciende los rangos de lo físico y alcanza lo espiritual. Así, la conciencia consiste en conocerse a sí mismo, de la misma manera que resulta ser una percepción subjetiva del propio ser. Otra manera de hablar sobre ella, es colocarla como la frontera entre aquello que alcanzamos a percibir de nosotros mismos y aquello otro que creemos intiru pero que se escapa a nuestra percepción inmedita. Gran parte de las cosas que hace y piensa nuestro propio cerebro a lo largo del día, ni siquiera las notamos, y no se diga de lo que nuestro cerebro hace mientras dormimos. Cuando menos todo esto es la conciencia. Resulta un concepto por un lado familiar y evidente, pero al mismo tiempo desmesurado e inaprensible. Percibirnos a nosotros mismos resulta simultáneamente natural y sencillo, al igual que intrigante cuando nos damos cuenta de que hacemos y actuamos de una manera que ni siquiera corresponde con la imagen egóica que tenemos de nosotros mismos. Ahí es donde podemos cuestionar el libre albedrío. Ganten reproduce una famosa sentencia de Schopenhauer: “el hombre puede quizá hacer lo que quiera, pero no puede querer lo que quiera”[3]. ¿Será verdad que no podemos escoger nuestros deseos, nuestras obsesiones, nuestros verdaderos motores internos? Más adelante Ganten nos explica que nuestras decisiones no tienen causas, sino motivos “y estos pueden ser reconstruidos a partir de un conjunto complejo de deseos y convicciones de los que en parte somos conscientes y en parte no”[4]. Así, el libre albedrío y la conciencia personal transitan por una vereda cercana al precipicio trascendental. Si no somos capaces de tener plena conciencia de nuestra vida y existencia, no terminamos de comprender la auténtica naturaleza de nuestro ser y por encima ni siquiera somos capaces de decidir plenamente respecto a nuestros deseos y nuestros actos ¿qué clase de vida es la que vivimos? ¿Qué nos diferencia realmente de los animales si carecemos por completo de control sobre lo que somos, pensamos, sentimos y hacemos? Con nuestros conocimientos actuales, estas parecen preguntas difíciles de responder, pero el hecho de que no sepamos aún esas respuestas no quiere decir que no existan. El estudio de la conciencia, del libre albedrío y de yo profundo son temas pensados y repensados por milenios y sin embargo son aún terrenos fértiles –y casi vírgenes–para continuar con el análisis. Por su parte, la ciencia continuará con los estudios respecto al cerebro y su parte fenoménica y objetiva, buscará ahondar en los entramados fisiológicos que permiten que el acto emociona-racional se lleve a cabo. Pero parece un trabajo aún pendiente para la filosofía el especular sobre aquello que no puede medirse ni experimentarse en el mundo físico hasta encontrar las respuestas satisfactorias a estas extrañas relaciones entre lo que somos y las motivaciones que nos hacen actuar y sentir de determinada manera y que en ocasiones van en contra de aquello que realmente pensamos que queremos. ¿Algún día podremos realmente saber quiénes somos? Es difícil de saber.  

 


[1] Ganten, Detlev et al., Vida, naturaleza y ciencia. Todo lo que hay que saber, Madrid, Taurus, 2004, Pág. 577.
[2] Íbidem, Pág. 579.
[3] Íbidem, Pág. 582.
[4] Íbidem, Pág. 583.