Blog

Compasión hacia el Corrupto: Decidí ponerme del lado de “ellos” para tratar de entenderlos.
Compasión hacia el Corrupto: Decidí ponerme del lado de “ellos” para tratar de entenderlos.

15, abril 2015

Los actos de corrupción que suceden en México cada día no son una novedad. Casi al contrario, nos resultan tan familiares que somos capaces de verlos –e incluso de incurrir en más de uno– sin ni siquiera considerarlos corruptos, hasta que alguno de ellos, casi siempre a cargo de un “Servidor Público” de alto nivel, es ventilado en los titulares de los diarios o en las redes sociales. Nos desgarramos las vestiduras ante semejante descaro. Y no hemos terminado de indignarnos porque un funcionario de medio pelo va a “trabajar” con relojes de cientos de miles de pesos, cuando aparece otro viajando en helicóptero ajeno, o gozando de mansiones impúdicas. Cada caso es más escandaloso que el anterior, pero terminan por diluirse entre sí, sin que suceda nada más allá del pataleo ciudadano. En este punto no tenemos más remedio que conformarnos con eso, con patalear, ante falta de instancias para desahogar la inconformidad, puesto que las que existen diseñadas ex profeso para ello, suelen incomprensiblemente no tener atribuciones para investigar nada. Nos topamos entonces con esa ciénaga burocrática donde los sucesos se olvidan. No queda sino esperar a que aparezca el siguiente caso, con nuestra retahíla de insultos listos para ser publicados vía Twitter, y así, hasta la náusea. Por eso esta ocasión decidí ponerme del lado de “ellos”, de los corruptos, para ver si consigo entender algo. Lo curioso es que entre más intento empatizar con “ellos”, más Compasión me despiertan. Podría parecer que mi intención es irónica, y sí, en cierta medida lo es. Pero paradójicamente al mismo tiempo mi Compasión es genuina –y entiéndase “compasión”, no como sinónimo de “lástima”, sino como el sentimiento que nace a partir de ponerme en los zapatos del otro y “compartir con él su sufrimiento”–. A riesgo de parecer ingenuo, este sentimiento surge de mi convicción de que incluso a “ellos”, que se llenan los bolsillos con cantidades que con su salario no podrían reunir ni en 100 vidas, incluso a “ellos” les gustaría no ser así. Estoy convencido de que hasta al más corrupto le gustaría llegar a su casa, abrazar a sus hijos, a sus novias, a sus madres (los que aun tuvieren) sabiendo que no hay nada oculto de lo que deba avergonzarse. Sí, tengo la convicción de que incluso el más corrupto de los corruptos le gustaría no serlo… pero no tiene más remedio, porque ¿como dejar pasar una ocasión de enriquecerse y resolver la economía de todas sus generaciones futuras? Y ya que se hizo una vez, ¿cómo desperdiciar una segunda… y una tercera…? Pero por más coraje que me dé, no puedo dejar de preguntarme ¿que sucedería si fuera yo en vez de “ellos” quien se viera en semejante situación? ¿Qué garantía existe de que yo no haría lo mismo? La respuesta surge sin titubeos: ninguna. Una vez que me he dado cuenta que soy tan poco de fiar como cualquier otro, aparece al Compasión por el Corrupto. Mi hipótesis asegura que quienes son muy corruptos, lo son, en esencia, porque pueden serlo –y no tuvieron la fortaleza para resistir… aunque en el fondo les hubiera gustado–, porque dicho acto no tendrá consecuencia alguna y porque, si esto fuera poco, la sociedad premia al Corrupto, aun cuando lo critique con fiereza. En esencia tengo la impresión de que todo se reduce a estos 3 factores. Es verdad que los “Corruptos de Élite” reciben infinidad de críticas, casi todas bien intencionadas y razonables, llevadas a cabo por gente congruente e integra que jamás sucumbiría ante una tentación semejante, pero también las reciben de muchísimos otros que creemos ser íntegros y congruentes, pero que ante la ocasión (1er factor) –y la garantía de no ser castigados (2do factor)– seríamos tan corruptos o más que ellos. Todo pareciera indicar que una parte muy significativa de quienes componen los diversos aparatos y organismos del Estado en todos sus niveles y en los tres poderes de la Unión, incluyendo sindicatos, partidos políticos y demás instituciones afines, son altamente susceptibles a incurrir en conductas corruptas. Si esto es así, cabría preguntarse de dónde, de qué país, de qué planeta, llegó toda esa gente, tomar las medidas necesarias para evitar que nos manden a más del mismo perfil y sustituirlos por ciudadanos decentes, honestos e incorruptibles, que bajo esa óptica simplona seríamos todos los demás. Lamentablemente eso no habrá de suceder porque todos esos “Corruptos Despreciables” salieron del mismo México que malgobiernan y que todos –tanto ellos, los “Corruptos Despreciables”, como nosotros, los que no sabemos si los somos porque no hemos tenido ocasión de ponernos a prueba– padecemos día a día. Los mexicanos no somos corruptos por genética, pero sí los somos porque hemos aprendido desde la cuna que ésa es la manera más eficaz de sobrevivir, porque culturalmente se premia ser “más cabrón que bonito” y porque la experiencia placentera de ver a los corruptos desprestigiados, se anula al saberlos disfrutando impunemente de lo que obtuvieron con sus tropelías. Está por demás decirlo: todo esto, lejos de inhibir la corrupción, la incentiva. Al final nacimos y crecimos en la cultura “del que no tranza no avanza”, en la que se piensa que “vivir fuera del prepuesto es vivir en error”, en la que todos suplicamos porque “no nos den, sino que nos pongan donde hay”, en la que se cree que el mundo es de los “chingones” de los que “aprovechan las oportunidades que les da la vida”. Tener un cargo público, o tener las relaciones para enriquecerse del Estado y no aprovecharlo, es de “pendejos”. ¿Quién es capaz de resistir semejante presión? ¿Quién es capaz de resistir las miradas torvas y burlonas de aquellos que nos verán con lástima porque luego de diez años de dirigir un Sindicato Nacional, continuamos viviendo en una casa rentada en la Narvarte? No me cabe duda que para muchos éste individuo sería aun menos confiable que el abiertamente corrupto, con el cual “sabe uno a qué atenerse”. ¿Comprendes ahora por qué siento Compasión? Es muy fácil no ser corrupto donde no hay nada que robar, donde no hay negocios millonarios por hacer, pero muy difícil serlo donde la abundancia impune nos invita, por no decir que nos exige comportarnos de ese modo.¿Estaremos condenados a ser corruptos para siempre, sólo por el qué dirán? ¿Cómo cargar con la etiqueta de imbécil, miedoso, pendejo y looser –además del hecho concreto de no haberse enriquecido, ya de por sí bastante irritante por sí mismo– y además observar cómo todos los demás lo hicieron sin que hubiera consecuencia alguna? No, no debe ser nada fácil no ser corrupto por convicción cuando se está inserto en un mundo como ese. ¿No será esa la más grande de nuestras tragedias nacionales? ¿Cómo no sentir compasión acerca de quien vive ante semejante falta de libertad? No puede hacer lo que le gustaría, ser íntegro, y debe ser corrupto porque no sabe si en el futuro tendrá una ocasión igual y un buen día terminará dándose de topes por no haberla aprovechado, luego de que quién lo siguió lo hizo, sin que nada sucediera. Apelando al ser humano que necesariamente vive dentro de cada “Corrupto de Élite”, estoy convencido que vivir de la mentira, del robo, del engaño y de la trampa, cuando tu trabajo debía justo lo contrario: evitarlas, debe ser terrible. ¿Qué sentirían, en caso de darse cuenta, de ver cómo el país se les deshace en las manos y en las de gente que, como ellos, han preferido enriquecerse a cualquier precio sin importarles lo que suceda con millones de mexicanos que financian sus tropelías con esfuerzo genuino? Vivir así, dígase lo que se diga, debe ser espantoso. Desde luego que mi sentimiento compasivo se reduce, o de plano se disuelve (tampoco soy santo) cuando el Corrupto, además de serlo, asume también el papel de cínico. Y vaya que hay muchos que han desarrollado ambas facetas hasta niveles superlativos. Esos si me generan enojo. Pero cuando logro calmarme, trato de imaginarlos cuando llegan a su casa, o cuando están en la fiesta de cumple de su nieto y lo ven mientras apaga las velitas… ¿Qué se dirán a sí mismos? Cuándo se ven al espejo ¿qué pensarán de la imagen que reflejan?: ¿qué listo soy? ¿qué cabrón soy… ojalá mis hijos, y ese nietecito que apenas cumple 3, lo sean aun más? Quizá se autosugestiona pensando que ser un bandido es la cruz que le tocó cargar para “sacar adelante” a su familia. Cómo si la única forma de sacar adelante una fuera amontonando propiedades y fortunas sin ton ni son. Desde luego que en un escenario como este priva la desesperanza. Quizá nos tome décadas para que este problema llegue siquiera a matizarse. Paradójicamente nuestra única esperanza son “ellos”, los “Corruptos de Élite” porque son ellos los que dirigen este país –por fortuna junto con un buen número funcionarios responsables y honestos, que sin duda les hacen contrapeso y han evitado que nos derrumbemos del todo–. No vamos a erradicar la corrupción con buenas intenciones, insultos y corajes. Por eso quizá sería oportuno tomar algunas medidas concretas para empezar. El sentido común aconseja que como primer paso, los Diputados y Senadores acepten que, ya que somos humanos (y mexicanos) y sinceramente nos cuesta mucho trabajo abstraernos a corrompernos cuando hay ocasión, es indispensable promulgar leyes que eviten al máximo generar “la ocasión”. Tal pareciera que la “ley anticorrupción” que hoy se discute es un buen principio, pero no sería sensato confiarnos, porque leyes que simulan ser lo que no son, y al final no sirven para nada, sobran en nuestro universo legal. Dice el refrán que “al ladrón lo hace la ocasión”. Empecemos por ahí, por erradicar “la ocasión”, los vacíos legales que fomentan esa discrecionalidad que da espacio a la corrupción y pongamos énfasis en que el poder judicial, una vez que las leyes no tengan hoyos, realice su parte haciéndolas cumplir. Nada de esto es inmediato o mágico, pero no pareciera haber otro mejor camino. Sería deseable que un acto de integridad y congruencia, aquellos responsables de que esto suceda empiecen haciendo lo propio con su propia institución, con su propia declaración patrimonial, con sus propias cuentas de banco, así vayan en contra de sus propios intereses y de la tradición corrupta que nos antecede. Pero es posible que ahora sí haya traspasado todos los límites, y me haya hundido en la ingenuidad.