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Derechos Humanos y Posmodernidad
Derechos Humanos y Posmodernidad

24, julio 2012

En muchos sentidos la Ilustración representó un profundo cambio paradigmático tanto para la filosofía como para la ciencia. En este marco los estudios a cerca del hombre y la sociedad formaron parte de las preocupaciones básicas de ese movimiento. “La proclamación de los Derechos del Hombre fue uno de los acontecimientos que de forma más fehaciente se encargó de anunciar y legitimar la base reguladora del nuevo pacto social e ideológico”. Así, dentro de las sociedades que nacían a la democracia, se dio énfasis a los conceptos e ideales de soberanía individual y de igualdad civil. Dentro de esta dinámica nace también la idea y la intención de formular los principios de moral universal fundados en el derecho natural y que derivaron en el nuevo papel central de las organizaciones sociales y la política moderna, lejos de los dictados del <legislador divino> y asentados en el derecho inalienable del individuo. La autora nos expone lo que considera los <derechos inalienables del hombre>, entre los que se enumera el derecho a una vida digna, a la justicia, a la educación, a la libertad, y a todos aquellos que le corresponden al individuo en tanto <ser humano>. Es incuestionable que la verdadera aplicación de esta clase de <derechos> es menos simple que reconocerlos y enumerarlos, sin embargo está claro que por algo se empieza, y el simple hecho de hacer un alto en el camino, desterrar –aunque sea sólo de la mente y del discurso– el esquema jerárquico y aristocrático que privaba entre los hombres, es un verdadero y profundo cambio paradigmático que si bien no ha terminado de realizarse de manera universal en la práctica, si ha modificado de forma esencial la dinámica interna de las sociedades occidentales al grado de crear legislaciones que buscan proteger la igualdad individual y la justicia plena prácticamente en cada país y en cada sociedad –en cada caso, hay que decirlo, con resultados distintos y muchas veces dispares–. Esta postura destaca –nos dice Romeu– “la posesión del derecho de los individuos a partir de su autonomía, es decir, de la posibilidad y capacidad de los seres humanos para pensarse a sí mismos, desde su libertad, en posición distintiva con respecto de los Otros; de ahí que la autonomía “garantice” el derecho a la libertad individual y esta misma otorgue al hombre la posibilidad de pensarse de modo autoreflexivo”. Gracias a esta nueva circunstancia el debate avanza por dos derroteros que podrían parecer contradictorios y que terminan por escindir la modernidad de la posmodernidad; por un lado la autonomía individual de cada sujeto y por el otro la pretensión de universalizar los derechos del hombre, pero sin concederles autonomía. Es aquí donde se da nuevamente un profundo cambio de mentalidad al pasar del intento de imponer una visión universal y totalizante propia de la modernidad, al rompimiento que rechaza y desestima toda cosmovisión absoluta e inamovible abanderada por la posmodernidad. De la visión idealista de la modernidad universalizadora pasamos a un panorama crudo donde la autonomía individual está sujeta a consideraciones sociales y culturales específicas y que impiden y en cierto sentido determinan la manera en que el individuo habrá de ejercer sus derechos “inalienables”. Pienso que la autora tiene razón cuando nos dice que “aunque parezca ilógico pensarlo, nada ni nadie pueden garantizar el respeto al derecho de los demás a partir de una pretendida universalidad de los mismos”. Así, el reconocimiento y la aplicación no necesariamente se concretan de la misma forma. La posmodernidad relativiza lo que la modernidad se empeñó en universalizar. Así el caso de los derechos humanos, que pretenden una observancia objetiva y estable para todo tiempo y lugar, sin embargo el pensamiento posmoderno rechaza esta posibilidad “en la medida en que aquellos no son el fundamento de un principio moral universal, sino que responden a los impuestos por las ideologías legitimantes”. Sabemos de países –normalmente no occidentales– donde ciertos delitos se castigan con penas corporales que llegan a la amputación. Se sabe de diversos países donde se aplica la pena de muerte, donde las libertades de expresión o de libre credo están limitadas y al final esto nace de las diversas maneras de entender el mundo. La autora cita a Todorov que afirma que “la identidad nace de la diferencia: lo intercultural es constitutivo de lo cultural”. Naturalmente que un mundo multicultural y posmoderno la diferencia no es un problema, en todo caso es un activo que aporta nuevas visiones y maneras de entender la realidad y el mundo, pero nada de esto está peleado con la dignidad humana, el respeto a la vida y la búsqueda de la libertad. El intento por globalizar los derechos humanos es una actitud legítima que trabaja a favor del hombre mismo, y aunque sorprendentemente se encuentra con un sinnúmero de oposiciones –ya sea en el discurso, en la práctica o en ambas–, lo cierto es que la existencia de medios tecnológicos de carácter global han permitido que las ideas y los conceptos de libertades individuales y de derechos humanos lleguen –y se apliquen- en todo el mundo. Esperemos que esto muy pronto sea una realidad universal. Como ciudadanos conscientes lo que está en nuestra mano es justificarlos y hablar de ellos hasta que de manera natural formen parte de cada discurso y de cada manera de pensar.