Blog

El Bien, el Mal y el Menor Esfuerzo – 1a Parte
El Bien, el Mal y el Menor Esfuerzo – 1a Parte

1, febrero 2013

  En estos días una entrañable amiga de muchos años –y ahora lectora– me mandó un afectuoso correo en medio del cual me hace una pregunta que misteriosa e injustificadamente supone que yo podría contestar:   “¿Cómo puede ser posible que un sólo hombre pueda hacer tanto daño a tanta gente con muy poco y por el contrario, que una sola persona para poder hacer el bien sea a base de mucho esfuerzo y sacrificio? ¿Es más fácil ser malo?”   El cuestionamiento es absolutamente abrumador y la respuesta más honesta –y breve–  que se me ocurre es que no tengo la menor idea de por qué las cosas son así y que lo más sensato es asumir la postura budista de la aceptación total e incondicional de lo que es para así eliminar la resistencia inútil ante los acontecimientos inevitables y de paso hacer más llevadero el sufrimiento inherente a la existencia material. Si he de ser sincero, quizá el problema no sea sólo mi incapacidad para articular una respuesta a un asunto tan complejo, sino que en realidad no creo que nadie pueda contestar a una cosa como esa, de manera categórica y absoluta, es decir, que dé una respuesta que aplique siempre, en todo tiempo y para todas las personas y situaciones. Sin embargo, como de lo que se trata es de reflexionar y especular sobre las cosas que nos suceden a diario con el propósito de comprender un poco mejor el mundo particular en que vivimos, a continuación me aventuro a intentar exponer algunos puntos de vista sobre el asunto propuesto. Por mi parte, yo trataría de dar un enfoque diferente de la percepción que todos tenemos a este respecto y afirmaría que aunque parezca que es más fácil "hacer mal que bien", en el fondo estoy convencido que no es así. Hablar en lo profundo sobre este tema, considerando más o menos todas las aristas, excede por mucho lo que podría decirse en este espacio, por eso me limitaré a expresar algunas ideas sueltas sobre el asunto con el propósito, no de agotar la reflexión, si no de alentarla. Por un lado, una acción, tanto buena como mala –es decir, del mismo calibre e intensidad, pero de distinta polaridad– requiere exactamente el mismo esfuerzo. Pensemos en un ejemplo bobo y simplón: camino por la calle comiéndome un chocolate, me lo termino, hago bolita la envoltura y... Acción 1: lo tiro en el piso y me olvido de él. Acción 2: lo guardo el bolsillo y en cuanto esté frente a un bote de basura me deshago de él. ¿Podría decirse que una acción es más difícil que otra? Lo dudo; quizá haya que cargar con la envoltura en el bolsillo por un rato, pero de ahí a que sea más difícil, no lo creo. ¿Podría decirse que alguna de estas dos acciones es intrínsecamente buena o mala? Lo dudo también; en ambas el objetivo es deshacerse de una envoltura, y estas acciones en sí mismas carecen de connotación positiva o negativa. ¿Qué les atribuye esta carga o connotación? Yo pienso que tres factores –que podrían presentarse por separado o combinadas–: la intencionalidad con que son llevadas a cabo, las consecuencias directas o indirectas de ellas y la percepción y el contexto de quién las recibe. Y desde mi punto de vista, la única cualidad que puede hacernos vislumbrar esos tres factores, antes de que la acción suceda si la llevamos a cabo nosotros, o después del hecho si es a nosotros a quién nos pasan los acontecimientos, y que hacen que una acción pueda ser considerada buena o mala es sin duda la Conciencia. Para efectos de este texto, y con la finalidad de simplificar el concepto hasta lo máximo, diremos que la Conciencia es esa voz, esos ojos interiores que me permiten darme cuenta de que yo soy Yo y que a mi alrededor, aquí y ahora (no en el pasado, no en el futuro), existen otros seres, objetos (y aunque peque de idealista, yo agregaría ideas o pensamientos) que me rodean y con los cuales me relaciono e interactúo de manera permanente. El caso es que, basándome en lo dicho hasta ahora, las acciones en sí carecen de connotación buena o mala y es sólo la consecuencia, la intención o el contexto con que ésta fue realizada (siempre considerada desde la individualidad humana) la que le atribuye un carácter u otro. Y entonces sí, lo que en efecto resulta más difícil es tomar Conciencia verdadera y plena de las implicaciones de mi acción, darme cuenta con toda profundidad que tirar en el piso la envoltura del ejemplo mencionado genera un problema –que por cierto a la larga lo es también para mi mismo– y que el microscópico esfuerzo de tirarlo más tarde dentro de un bote de basura ayuda que mi propio entorno sea más habitable. Como se puede apreciar, mi planteamiento es que no se trata de un problema de <bien vs. mal>, sino de Conciencia o inconsciencia ante mi propia existencia, mis actos, sus consecuencias y mi <aquí y ahora>. En la naturaleza todo ocurre porque así debe ocurrir y así se trate del nacimiento de cualquier ser, de un tigre destripando un venado o de un tsunami que arrase con poblaciones enteras, los acontecimientos carecen de connotación moral. Es decir que una erupción volcánica no tiene intencionalidad alguna al liberar los ríos de lava, no tiene en cuenta las consecuencias de su propia existencia ni mucho menos percibe o imagina como los humanos de las poblaciones vecinas habrán de tomar su capacidad destructiva. Es decir, y en pocas palabras, el volcán no es, hasta donde se sabe, consciente de sí mismo, ni mucho menos de la acción que lleva a cabo (y que por lo demás no realiza por su propia decisión). Otro ejemplo banal podría ser el del típico comentario hiriente de una amiga a la otra sobre su vestido o su peinado con el propósito ya sea de hacerla sentir mal y dejarle bien claro que es menos que ella (si están en privado), de hacerla quedar en ridículo ante las otras –y de paso hacerla sentir mal y matar 2 pájaros de un tiro– (si están en público).  O también está la broma sarcástica y ofensiva que un amigo le hace a otro para arrancar las carcajadas del resto de los asistentes y ser reconocido como simpático sin importarle como haga sentir al otro. En ambos casos lo que los ofensores hacen es reafirmar su personalidad egóica asumiéndose por encima de los ofendidos y de paso obteniendo la aceptación del grupo. En ambos casos puede ser una reacción a una ofensa previa –haya sido esta real o imaginaria– que el ahora ofensor interpretó como un ataque a su ego y personalidad. Ahora conviene hablar un poco del Ego, que no es otra cosa que la imagen que tenemos de nosotros mismos, con los defectos y virtudes, fortalezas y debilidades que reconocemos tener. Es, en pocas palabras, nuestra personalidad consciente, que para existir necesita fronteras, bordes, contrastes, estímulos ajenos, enemigos, necesita del <otro> para definirse a sí mismo, necesita crear drama tras el cual tenga razón y el otro esté equivocado. Es justo ahí donde nace la maldad y desde donde, con intención o sin ella, opera hacia el exterior en respuesta a su propio sufrimiento. En ninguno de los dos casos anteriores resulta más fácil ser malo. Al contrario en ambos casos pensar el chiste o la ofensa requiere de mayor ingenio y esfuerzo que simplemente quedarse callado. ¿Es más fácil? No. Simplemente lo hicieron para reforzar y defender su propia idea de sí mismos, sin asumir las consecuencias de su acto y sin tomar en cuenta el daño que causaban. Una vez más la palabra clave es "Conciencia": Qué digo, por qué lo digo, y cuáles son los resultados directos e indirectos de ese hecho sobre los demás y sobre mi entorno. Ser Conscientes de que quedar como los "chistositos" o la mujer "cool e implacable" no nos hace mejores que el otro, al contrario, en un sentido moral nos degrada. Este último proceso es el que en efecto es más difícil de llevar a cabo: decidir y actuar no en función a lo que creo que es mejor para mi –y mi ego– en ese instante, sino decidir y actuar en función a lo que en Conciencia <sé> que es mejor para <situación general en su conjunto> (que no sólo me abarca a mi, sino también a todo aquello que me rodea). Pero, puesto que como era previsible, el texto empieza a extenderse, continuaremos con el resto de la reflexión en la siguiente entrega.