Blog

El Bien, el Mal y el Menor Esfuerzo – 2da Parte
El Bien, el Mal y el Menor Esfuerzo – 2da Parte

8, febrero 2013

La semana anterior decíamos que en ninguno de los dos ejemplos expuestos –el de la mujer que ofende a su amiga, o el del hombre que hace un chiste cruel a costillas del amigo– resulta más fácil ser malo. Al contrario en ambos casos pensar el chiste o la ofensa requiere de mayor ingenio y esfuerzo que simplemente quedarse callado. ¿Es más fácil? No. Simplemente lo hicieron para reforzar y defender su propia idea de sí mismos, sin asumir las consecuencias de su acto y sin tomar en cuenta el daño que causaban. Una vez más, decíamos, la palabra clave es "Conciencia": Qué digo, por qué lo digo, y cuáles son los resultados directos e indirectos de ese hecho sobre los demás y sobre mi entorno. Ser Conscientes de que quedar como los "chistositos" o la mujer "cool e implacable" no nos hace mejores que el otro, al contrario, en un sentido moral nos degrada. Este último proceso es el que en efecto es más difícil de llevar a cabo: decidir y actuar no en función a lo que creo que es mejor para mi –y mi ego– en ese instante, sino decidir y actuar en función a lo que en Conciencia <sé> que es mejor para <situación general en su conjunto> (que no sólo me abarca a mi, sino también a todo aquello que me rodea). Retomemos el caso del chistosito. Alguien hace o dice algo que enseguida me hace pensar en un chiste fantástico (con el que sé que todos, menos el objeto del chiste, caerán al piso de la risa) pero tremendamente ofensivo para aquel que cometió el error que detonó mi creatividad. Tengo la opción de hacer el chiste y ser aplaudido por todos, pero haciendo daño, o tengo la opción de guardármelo sabiendo que pierdo la oportunidad de lucirme, pero evito hacer causar sufrimiento a mi amigo. ¿Cuál cuesta más trabajo? Ambas es lo mismo, decir o callar en esencia sería, a nivel de esfuerzo, lo mismo. Pero ahí viene la parte en que debo de decidir en función a las dos opciones planteadas: lo que considero <mejor para mi>, o lo que considero lo <mejor para la situación en su conjunto>. Con este ejemplo simplón podemos también explorar sobre las implicaciones y el sacrificio que conlleva hacer el bien. En este caso considero que <hacer el bien> equivale a no decir nada, es, en cierta forma <abstenerse de hacer mal>. De ninguna manera el quedarse callado y guardarse su chiste es una acción neutra, al contrario, es una acción positiva, pero que no se traduce en un hecho tangible y por lo tanto pareciera que no sucedió, mientras que con el mal prácticamente siempre sucede lo opuesto: se nota. Sin duda esta cualidad de la acción negativa hace que parezca más brutal, pero eso no evita que quizá a nuestro alrededor suceden infinidad de acciones <buenas> que muchas veces no queremos reconocer. Claro, al guardar silencio el no–chistosito hizo el bien sin que nadie lo sepa, y para el ego, siempre necesitado de reconocimiento y reafirmación, eso no siempre es lo más conveniente. ¿Podemos decir que haber hecho este <pequeño> bien es poca cosa? No lo creo. En muchísimos casos esta es la naturaleza del bien: silencioso, sutil. Y lamentablemente nuestro yo interior necesita fanfarrias y homenajes para sentirse vivo y útil. Sin duda ese es un problema particular de nuestro ego, pero no del <mal> ni del <bien> como conceptos morales, ni mucho menos como actos puros. Por otro lado estoy convencido que gran parte del mal que hacemos –y nos hacen– no lleva en sí mismo una carga de intencionalidad perversa, sino que tiene lugar en la inconsciencia de quién lo comete. Sin embargo nosotros, nuevamente anclados en nuestro ego titubeante, lo tomamos todo como una ofensa personal, como un ataque directo que nos amenaza en lo más profundo y nos <obliga> ya sea a responder o a sentirnos lastimados. Sin darnos cuenta, vemos el mundo y las reacciones de los otros más por lo que tememos –o carecemos– en nuestro interior que por lo que el otro realmente hizo o dejó de hacer. Si yo me considero –consciente o inconscientemente–  una víctima de la vida, no faltará a cada paso quien, con sus actos –pretendiéndolo o no– me recuerde lo que pienso de mí mismo, puesto que cualquier situación que me ocurra será leída por mi desde esa óptica de carencia. En el caso contrario, aquel que observa el mundo desde la plenitud y el equilibrio físico, mental y espiritual pensará, aun ante el mismo acto, que el otro simplemente cometió un error o una omisión y no se dio cuenta de lo que hacía y en tiempo récord olvidará el episodio por completo. Alguien en este caso –habitando desde la perspectiva de la plenitud personal– no va por el mundo buscando enemigos ni ofensores, ni mucho menos se dedica a hacerle la vida imposible a nadie, a envidiar lo que otro tenga, o a perder su tiempo y energía diseñando estrategias para quitarle el trabajo, el marido, el cliente o las pertenencias al compañero/a de cubículo. Además, naturalmente tenderá a decidir en favor de la <situación en su conjunto> antes que en su bien personal, porque comprende que el fondo una mejora en la totalidad de la situación lo favorece más y mejor que un beneficio superfluo e inmediato a nivel de su ego. Claro, también hay que decirlo, en el mundo hay de inconsciencias a Inconsciencias. Sin embargo, con todo lo perversos, incomprensibles y brutales que me parecen sus actos, yo no estoy seguro de Hitler haya pensado que hacía mal. Si él obraba según lo que pensaba correcto ¿cómo podrían sus actos calificarse de malos? Una vez más el problema es de Conciencia y no de <bien> y <mal> en abstracto. El problema está en considerar como "enemigo" al que piensa distinto, al que "es" distinto. El problema está no ser Consciente que el resto de los seres humanos –me simpaticen o no– tienen el mismo derecho a existir –a creer en lo que mejor les parezca, a vivir según sus deseos y preferencias– del que tengo yo y pensar que eliminando a los que no son "adecuados" –según mi estrechísima visión–, el mundo será un lugar mejor. Cuando la realidad es la opuesta: el mundo será un lugar mejor cuando lo que estamos en él –pensemos lo que pensemos, creamos lo que creamos, o seamos como seamos– podamos convivir en paz. Hitler, según él, pretendió hacer lo que consideraba mejor para su patria. Y no enloqueció de un momento a otro, sino que más de diez años antes planteó con toda claridad sus ideas y lo que haría en caso de llegar al poder y aun así los alemanes de su tiempo se lo dieron. ¿Fue malvado e implacable? Sin duda ¿Dañó a millones de personas? Definitivamente ¿Desde su perspectiva le rezada al Demonio y hacía el mal por el simple hecho perverso de dañar a su prójimo? Pues seguramente no. La situación era, una vez más, de Conciencia. El señor Adolf simplemente no quiso hacerse consciente, darse cuenta, de que todos los seres humanos de este planeta –sean arios o no, sean judíos o no– son tan seres humanos como quienes pensaban como él y tenían el mismo derecho de gozar de la vida y libertad como cualquier otro individuo. El caso de Hitler es el más radical que podemos citar, pero no es el único. La pugna histórica entre creyentes e infieles, entre capitalistas y comunistas, entre liberales y conservadores, republicanos y monárquicos, etc, está anclada en la defensa de mi posición como la única y la natural exclusión de lo que se ajusta a ella. El rechazar violentamente a quién no es como uno ha llevado a guerras santas, a invasiones injustificadas, a la invención de <ejes del mal>, a perseguir a homosexuales, a practicar el racismo y un sin fin de desatinos semejantes, y siempre justificados con la idea de que esos actos defienden un <bien> mayor del <mal> que causan. No me queda ninguna duda que en la historia de la humanidad se ha hecho más <mal> en el planeta a partir de supuestas buenas intenciones de la gente de <bien>, que con la perversión consciente y pura de los psicópatas. Cientos de miles de pequeños –y grandes– actos de maldad causados por una identificación desmedida con una ideología, una manera de pensar, de ser y de ver el mundo, que se considera a sí misma como la única válida y legítima.  Si el Diablo existiera, sin duda sería le más férreo e intransigente promotor de una <causa justa y buena>. Todo acto de maldad deliberada implica en sí mismo que quien lo comete está invadido por el miedo y sin ninguna duda, de profundo sufrimiento; aunque lamentablemente casi siempre es inconsciente y encubierto por la rabia y el resentimiento. No creo que exista un hombre o una mujer auténticamente felices que le hagan daño a otro a sabiendas de que lo hacen. Una persona en plenitud física, mental y espiritual, con profunda paz interior, en plena Conciencia de sus actos, de sus intenciones, y de las consecuencias directas e indirectas de ellos, puede tener un arrebato, una mala reacción, pero de ahí a hacerle mal a otro de manera deliberada, francamente lo dudo. Si alguien sabe de algún caso, me encantaría enterarme. Al final, más que ser bueno o malo, lo verdaderamente difícil es ser consciente de cada una de las acciones e intenciones que tenemos y de cada momento que habitamos este planeta y que hacemos uso de nuestra existencia material. Una vez que se ha logrado esto, el mal y el bien dejan de existir para dar paso a lo que debe hacerse, incluso aunque ese acto vaya en contra de nuestros propios intereses.