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El Reto de ser Civilizados
El Reto de ser Civilizados

10, julio 2012

Resulta sorprendente pero a la vez perturbador que a estas alturas de la historia debamos revisar el concepto de civilización para poder comprender si, como sociedad, realmente vamos por buen camino. En México acabamos de pasar por un proceso de elección presidencial y renovación parlamentaria y ese cambio de ciclo parece una buena ocasión para reflexionar al respecto. En el libro Nobleza de Espíritu, de Rob Riemen, me encontré con que precisamente el término “civilización” es bastante reciente. Al parecer la primera referencia a él como tal data apenas de 1771, en el libro Observaciones acerca de la distinción de clases en la sociedad del poco conocido escocés Jonh Millar. Éste la definía como “las refinadas costumbres que son fruto natural de la prosperidad y la seguridad” . ¿Será cierto que sin prosperidad y seguridad no hay civilización? Riemen, en el texto citado, explica también que una civilización no necesita de la violencia para promover sus cambios políticos, pues la división de poderes impide que nadie ejerza el poder absoluto, y las libertades políticas, intelectuales, religiosas y artísticas quedan garantizadas por una constitución y unas instituciones llamadas a proteger la democracia. Me queda claro que en la teoría así sucede, sin embargo en México tras doce años de “auténtica” división de poderes no hemos experimentado ni seguridad ni prosperidad –y, desde luego, tampoco desde antes, puesto que esa falta de prosperidad y de seguridad fue lo que hizo caer al sistema priista que había operado por 70 años–, todo lo contrario, vivimos presos de una profunda parálisis en todas las áreas, pero principalmente en la de seguridad y prosperidad. Además padecemos el agravante de que nuestras instituciones no tienen aún la fuerza ni la capacidad para vencer la esclerosis que las hace de piedra y empiecen a caminar en dirección al desarrollo y al progreso. Los partidos políticos buscan el poder, pero no existe ningún elemento que nos permita suponer que lo hacen intención genuina de buscar el bien común sino más bien todo apunta a que el único propósito es obtener el poder por el poder en sí. Discursos hay por centenas, pero los actos de los últimos años no hacen otra cosa que confirmar que esta apreciación es correcta. Por un lado el partido que arribó al poder no estuvo dispuesto a gastarse su “capital político” en desmontar las estructuras del viejo régimen por temor a perder los votos que lo mantuvieran es ese lugar de privilegio de forma indefinida. Por el otro lado, el viejo régimen,  al convertirse en oposición, se fijó como prioridad recuperar el poder perdido y se estrategia consistió en bloquear el poder parlamentario apostando a que un estrepitoso fracaso del adversario habrá de llevarlos de regreso al añorado poder perdido. Pero ni unos ni otros parecen darse cuenta de que todos, tanto ellos como el adversario a vencer, viven el mismo país, y que el fracaso de uno es, en gran medida, el fracaso de todos. Es imposible no recordar aquella famosa fábula de la cubeta llena de ranas, donde cuando alguna pretendía intentar escalar para escapar del cautiverio, en vez de ayudarla a salir, el resto trataba de jalarla de nuevo al fondo de la cubeta. ¿Será simplemente ceguera o será auténtica mezquindad? Si es lo primero, con que nuestros nuevos representantes –a todos los niveles– tomaran conciencia sería suficiente para que el problema desapareciera, sin embrago mi optimismo tiene límites y definitivamente no da para tanto. Pero entonces qué remedio verdadero podemos utilizar en contra de la mezquindad. En su texto Riemen propone uno, y aunque al rescatarlo podría ser tachado de ingenuo y hasta de cursi, estoy convencido que dónde la ley no llega, está la mente y el espíritu humano para poner orden. En su texto Riemen dice que “no puede haber civilización sin la conciencia de que el ser humano tiene una doble naturaleza. Posee una dimensión física y terrenal, pero se distingue de los animales por atesorar a la vez una vertiente espiritual: conoce el mundo de las ideas” . Lo humanos, así sea en abstracto, conocemos de la bondad, de la belleza, de la verdad, de la generosidad y hasta del amor. Y sabemos, así sea sólo por intuición, que éstas virtudes y valores son la base genuina de la justicia, la libertad y la vida que merece la pena ser vivida. Y sin embargo esa sabiduría natural no se traduce en acciones, todo lo contrario, son los valores opuestos –interés, avaricia, poder, control, etc.– los que privan el la esfera humana de lo físico y terrenal y suena lógico pensar que en tanto prive esta manera absurda de manifestar en el acto lo opuesto a lo que sabemos deseable, la auténtica civilización está lejos de ser alcanzada. Goethe lo dijo con acierto: “La civilización es un permanente ejercicio en el respeto. El respeto a lo divino, a la Tierra, al prójimo y, por ende, a nuestra propia dignidad” . Es decir, que Goethe pensaba que la auténtica civilización está en la generosidad, en la nobleza; en la generosidad y nobleza de dar lo que queremos recibir y no esperar a que el otro “generosa y noblemente” nos lo regale. Si queremos un mundo justo, ejerzamos la justicia. Si queremos un mundo honesto, ejerzamos la honestidad. ¿Habrá alguna otra alternativa? No lo parece… Y como complemento a esta idea, Riemen asegura que el fundamento de cualquier clase de civilización está, no tanto en lo que el ser humano es sino en lo que debe convertirse. Y definitivamente cuando las instituciones de un país son administradas de manera “utilitaria” –sólo para el beneficio de aquellos que las gobiernan– resulta poco probable que nos conduzcan por el camino de conseguir esa civilización deseada.

Goethe (1749-1832)

Lo opuesto a lo civilizado es lo bárbaro, y Riemen define lo bárbaro como “no poseer el único conocimiento importante para la dignidad humana: la conciencia en que uno ha de ejercitarse en las virtudes y valores espirituales garantes de una convivencia armoniosa con el prójimo” . Cuánto tiempo, cuántas elecciones, cuántas miserias debemos de aceptar como individuos antes de que, como sociedad, seamos capaces de materializar con actos algunos de los valores fundamentales que como seres humanos sabemos indispensables.       ¿Cuándo tendremos la generosidad para darle al otro aquello que nos gustaría recibir? ¿No serán precisamente ellos, nuestros representantes, aquellos que nos pidieron el voto a cambio de salvaguardar nuestros intereses colectivos, los que tendrían que empezar poniendo el ejemplo? Y sin embargo no parece que nada que esto vaya a suceder pronto. No parece que la “nobleza de espíritu” que Riemen propone en su texto como condición para ser civilizados se vaya a concretar a nuestro país en un futuro cercano. ¿Será cosa de resignarse? O quizá es el tiempo del individuo, de que cada uno, generosamente, demos aquello que queremos recibir.