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El verdadero problema no se llama Donald Trump
El verdadero problema no se llama Donald Trump

7, septiembre 2015

Asusta pensar que exista una auténtica posibilidad que de alguien como Donald Trump pueda convertirse en Presidente de los Estados Unidos. No hay duda que toda voz que se levante para poner al descubierto el absurdo y la intolerancia ridícula que sus ideas y propuestas representan es oportuna e indispensable. Sin embargo, como esa crítica a Trump ya la hacen muchos otros, y mucho mejor de lo que yo podría hacerla, prefiero voltear hacia adentro, hacia nosotros mismos, y contemplar el tema desde otra perspectiva. Lo primero que cabe señalar es que Donald Trump es muchas cosas, pero nada que se parezca a un ideólogo. Históricamente el narcisismo pragmático que este personaje ha encarnado lo ha hecho defender postulados e ideas muy diversas, y hasta contrapuestas, siempre acordes con sus intereses, lo cual hace difícil saber qué es lo que realmente piensa al respecto de este o de cualquier otro tema, en el caso –tampoco demostrado aun– de que efectivamente piense algo. Es indispensable que tengamos clara una cosa: por razones que escapan a mi entendimiento –y quizá también al suyo– Donald Trump quiere ser Presidente de los Estados Unidos. Se le metió en la cabeza y ahora resulta que bien podría suceder. Para él todo pareciera reducirse a ese objetivo y ha dejado muy claro que para lograrlo habrá de hacer o decir lo que considere oportuno y necesario. No creo que genuinamente le interesen los migrantes, ni para bien ni para mal, ni tampoco ninguna otra idea o propuesta más allá de cómo puedan servirle para su objetivo de ganar la candidatura republicana primero y la presidencia después. Punto. La pregunta entonces está en por qué escogió ese tema, tan en apariencia políticamente incorrecto, para abanderar su proyecto. Y la única respuesta que se me ocurre es que ese discurso, por políticamente incorrecto que pueda sonar, hace resonancia en un porcentaje de la población americana mucho más robusto de lo que se podría suponer. No es el caso de un loquito diciendo disparates sin ton ni son. Es el caso de un tipo perverso y calculador que sabe que, por un lado la moderación no vende y la estridencia es atractiva, y por el otro que con esa cuestión puede mover a un segmento suficiente del electorado que pondrá en sus manos el trabajo sucio que nadie se atreve a hacer, pero que secretamente consideran necesario. Es importante resaltar que Trump no busca con su discurso convencer a la mayoría de los americanos. Desde el momento en que sea designado candidato republicano tendrá –al igual que su contraparte demócrata– algo muy cercano al 45% del voto a favor del partido, con lo cual sólo tendrá que pelear por ese 5 o 6% de indecisos que le faltan. Una bravuconada lucidora o un traspié de su rival en fechas cercanas a la elección podrían darle ese margen y lo sabe, y de hecho, todo parece indicar que a eso apuesta. En un escenario semejante, es buena idea aceptarlo: bien podría ganar. Claro que lo más probable es que en caso de llegar a la presidencia utilice nuevamente su narcisismo pragmático, comprenda que su plan anti-inmigrante no sólo es técnica y logísticamente irrealizable, ridículo e incosteable, sino que además representaría un golpe demasiado fuerte para la economía americana, con lo cual termine por dejarlo por la paz, encontrando nuevas banderas para aparentar que trabaja sin descanso por el bien de los americanos, mientras en lo oculto concreta sus auténticos objetivos, que por ahora nadie parece saber cuáles son. Sin embargo lo que Trump, aun sin quererlo, sí hace, es poner sobre la mesa uno de los problemas más graves que en lo humano aquejan al mundo: la migración masiva en todas sus variantes (legal, ilegal, refugiados, etc). Lamentablemente en su caso el tema es tratado con una superficialidad escandalosa e inhumana, porque lo utiliza sólo como una herramienta para lograr un objetivo personal. Pero dejando a Trump de lado, siempre es oportuno voltear hacia adentro y reflexionar respecto a lo que nosotros como nación y sociedad tenemos que ver con el problema real. Lo primero que podríamos decir al respecto es que la migración ilegal efectivamente es un problema serio para un sector muy específico de la población de los Estados Unidos. Está claro que no todos los que emigran ilegalmente lo hacen por las mismas razones o buscando el mismo nivel de trabajo, sin embargo, para efectos de este texto, me enfocaré en aquellos que constituyen la mayoría (y que de forma irresponsable y mentirosa Trump iguala con un puñado de delincuentes y narcotraficantes): los que salen de México huyendo de la pobreza y que buscan colocarse en la agricultura, la construcción y la prestación de servicios. Es ridículo pensar que de no existir migrantes ilegales no habría meseros, cocineros, jardineros o albañiles norteamericanos. Lo que sucedería es que quienes los contrataran, tendrían que pagarles mucho más. La mano de obra migrante, al mismo tiempo que activa la economía y hace viables a miles de empresas a lo largo y ancho de los Estados Unidos, afecta directamente a un cierto estrato de la población americana que efectivamente pierde opciones de trabajo, lo que provoca que el discurso anti-inmigrante tenga eco y genere los odios y enconos que provoca. Por otro lado, aunque es un lugar común, merece la pena resaltar nuevamente que nosotros, como nación, al no ser capaces de brindarles las oportunidades básicas, expulsamos a millones de nuestros conacionales, forzándolos a buscar esas oportunidades en los Estados Unidos. A esos a quienes idealizamos como héroes anónimos una vez que están siendo maltratados en otro país, no nos cansamos de tratarlos con la punta de pie –y con tanto o mayor desprecio a como los tratan allá– mientras vivieron entre nosotros. El problema es de una complejidad extraordinaria y simplificarlo creyendo que se circunscribe a los caprichos de una persona es peligroso porque nos hace perder de vista el panorama completo. En efecto, en parte se trata de un problema político, pero también de uno económico, de uno social, de uno cultural, pero principalmente no se puede perder de vista que se trata de un problema humano. Quisiera encontrar respuestas, pero lo único que me llegan son preguntas: ¿Qué haríamos si año con año llegaran cientos de miles y hasta millones de personas de otros países a buscar trabajo en nuestros campos y nuestras ciudades ofreciendo sus servicios menos de la mitad de lo que gana un empleado regular? ¿Cómo tratamos nosotros a los migrantes que cruzan México de camino a Los Estados Unidos? ¿No son seres humanos igual que cualquiera de nosotros? ¿Cómo tratamos a los indígenas, a los campesinos, a los obreros de este país? ¿Reciben un pago justo? ¿Tienen una calidad de vida siquiera cerca de lo que cualquiera de los que podemos leer este texto consideramos digna? No hay soluciones fáciles a un problema así de complejo. Pero al menos sensibilizarnos ante las miles de aristas que encierra, y la pequeña parte del problema que efectivamente tiene que ver con nuestro comportamiento, con nuestros hábitos de consumo, con la manera en que vemos y tratamos a aquellos más desfavorecidos, puede servir como primer paso para que con el mismo entusiasmo y pasión con que combatimos los disparates y ocurrencias que despotrica sin mesura ni pudor el señor Trump, presionemos a nuestro gobierno, a nuestros empresarios, a nuestra sociedad y a nosotros mismos para que en conjunto tomemos acciones concretas que no sólo den apoyo moral, sino que de forma concreta favorezca a quienes menos tienen, para que un día cada uno de los nacidos en esta tierra puedan aspirar a quedarse en ella recibiendo oportunidades justas. Quizá el precandidato republicano sea un oportunista que usa un circunstancia sensible y real para sacar provecho, pero es importante no perder de vista que el verdadero problema no se llama Donald Trump, sino pobreza e injusticia. Nadie vendrá a resolverlas por nosotros. ¿Qué podemos hacer hoy para que un día toda esta historia forme parte del pasado?