Blog

Explorando el Conocimiento No Racional
Explorando el Conocimiento No Racional

11, enero 2013

Apenas el miércoles por la mañana me armé de valor y, luego de algunos años de postergarlo, inicié la relectura de Crítica de la Razón Pura, de Immanuel Kant con la esperanza de que mi raciocinio hubiera madurado lo suficiente como para comprender su contenido al menos un poco mejor que en la ocasión anterior. Los buenos propósitos duraron poco, porque en la primera línea de la Introducción me encontré con una sentencia que me hizo perder la poca serenidad que  me quedaba: “No hay duda alguna de que todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia”. Y cierra dicho primer párrafo de la obra monumental con una conclusión no menos inquietante que la otra: “Por consiguiente, en el orden temporal, ningún conocimiento precede a la experiencia y todo conocimiento comienza con ella”[1] Tras este brevísimo avance de apenas un párrafo de las más 650 páginas que lo componen, cerré el libro tratando de reflexionar acerca si estoy de acuerdo o no con la sentencia del hijo pródigo de Königsberg. Entender mi postura respecto a esto es fundamental porque el resto de la obra se dedicará a demostrar este par de sentencias aparentemente inofensivas. En principio de cuentas parece obvio que don Immanuel tenía razón: ¿de qué otra manera podemos conocer, saber o aprender si no es razonando sobre aquella realidad que experimentamos por medio de nuestros sentidos?

Immanuel Kant (1724-1804)

Sin embargo de inmediato me cuestioné si esta es la única manera de interpretar lo que sabemos. Me queda claro que si a las sentencias kantianas le agrego la palabra “racional” estaría enteramente de acuerdo con ellas. Quedarían así: No hay duda alguna de que todo nuestro conocimiento racional comienza con la experiencia. […] Por consiguiente, en el orden temporal, ningún conocimiento racional precede a la experiencia y todo conocimiento comienza con ella”. Entonces ahora la pregunta es: ¿somos poseedores –incluso desde antes del nacimiento– de algún otro conocimiento que no sea racional? Me inclino a pensar que si. En el diccionario de la Real Academia de la Lengua dice que conocimiento es la “acción y efecto de conocer. Entendimiento, inteligencia, razón natural”[2]. ¿Conocemos algo que ni siquiera somos conscientes de que lo sabemos? Estoy convencido que por esta vía sabemos muchísimo más del universo y de la vida de lo que nunca seremos capaces de aprender por la vía racional. Trataré de explicarme. Cuando el óvulo y el expermatozoide se fusionan para dar lugar a un ser humano –proceso en sí por lo demás misterioso– aparece la primera célula del nuevo ser. En esa única primera célula está contenido en potencia todo lo que seremos desde ese instante hasta el momento de la muerte. Ahí, en esa diminuta célula está toda nuestra información genética, todas nuestras características, toda la información respecto a la estatura que alcanzaremos, si seremos feos o bonitos, buenos o malos para los deportes, con talento para la música o el baile o sin ellos e incluso hasta cuáles enfermedades seremos propensos a padecer. Todo eso, y muchísimo más está ahí contenido y la célula –estoy convencido de ello–, de una manera incomprensible para nosotros, lo sabe. A partir de ahí empieza, sin que nadie le diga nada, a dividirse y replicarse a sí misma una y otra vez. La vida se abre paso de manera inexplicable y casi mágica y me queda claro que para ese momento, ese cúmulo de células <sabe> lo que debe hacer, o de lo contrario, ¿por qué lo hace? Nosotros, como organismos completos no podemos duplicarnos o modificar nuestra estructura física en modo alguno y mucho menos ordenar o controlar conscientemente lo que nuestras células habrán de hacer. ¿A las órdenes de quién o de qué están? ¿Por qué hacen eso y no otra cosa? ¿Qué saben de nosotros nuestras células que ni siquiera nosotros sabemos? Pero la magia no termina ahí, todo lo contrario, apenas empieza. Cuando el organismo pluricelular, que habrá de terminar en convertirse en nosotros, ha alcanzado un cierto grado de desarrollo tiene lugar un proceso absolutamente alucinante: las células, que hasta ese momento son todas idénticas –con exactamente la misma información y constituidas exactamente de la misma sustancia–, de forma natural y completamente espontánea, mutan y se <especializan>. De pronto unas se convierten en células cardiacas, otras renales, otras más reproductivas, algunas otras en cerebrales y así sucesivamente hasta completar todos los órganos y todos los sistemas del cuerpo –tanto humano, como de todos los animales del planeta. Todas nacieron de una misma célula, todas poseen la misma información genética, y sin embargo unas se convierten en hígado, otras en riñón y otras más en esqueleto. ¿Cómo rayos pasa esto? ¿Cómo es que la célula <sabe> qué hacer y en qué convertirse? ¿Porqué dichas mutación espontánea se lleva a acabo de manera ordenada y precisa y no caótica y casual? Definitivamente la célula no tiene cerebro y es exactamente igual que su compañera, que se convirtió en otra cosa. ¿De dónde viene ese conocimiento? ¿No eso muestra irrefutable de que existe cierto tipo de inteligencia universal o tendrán razón aquellos que ven el universo como una máquina que de alguna manera insondable se echó a andar sola  y ahora funciona de manera automática? Este mismo caso puede aplicarse a absolutamente todo lo que existe en el universo. Cada ser vivo, cada galaxia, cada organismo, cada ecosistema de nuestro planeta sabe exactamente qué hacer, cómo hacerlo y cuándo hacerlo. Todo parece formar parte de un solo plan, de un solo sistema, de un solo guión que cada ejecutante sigue al pie de la letra sin dudarlo –incluso nosotros sin darnos cuenta y sin poder oponernos–, sin necesitar de guías, ni de reflexiones, ni de ideas, ni de raciocinio, ni de ninguna otra cosa para cumplir con su propósito fundamental dentro del Gran Todo. A reserva de que en efecto existan seres racionales en otras partes del Cosmos –porque inteligentes ha quedado claro que existen por millones a nuestro alrededor–, al menos hasta donde nosotros podemos llegar por ahora a comprender, el conocimiento a partir del cual el universo se ejecuta a sí mismo es no de carácter racional. Entonces ¿de qué naturaleza es la inteligencia del Cosmos? Esto significa que, por un lado estoy en desacuerdo con el señor Kant y no es la razón y los sentidos la única manera de <saber>, y por el otro, que el Cosmos, para existir, no necesita la razón, puesto que ya existía antes de los humanos pusiéramos un pie en él. ¿Para qué la habremos recibido entonces? ¿La razón humana es un error de la naturaleza? Sin duda podría ser; sin embargo la perfección y precisión de las pautas que sigue el Universo en cada una de sus áreas y vertientes no permiten suponer algo semejante. Lo lógico es que nuestra razón tuviera un propósito evolutivo dentro de ese Gran Todo. Es posible que con los humanos se haya inaugurado la Era de la Razón dentro del orden planetario y universal y que de aquí en adelante –si no es que ya ha ocurrido o está ocurriendo precisamente ahora en algún sitio remoto– los seres con raciocinio comiencen a ser una constante. Pero está claro que la razón y la inteligencia no tienen sentido ni significado por sí mismas y que sólo son verdaderamente útiles tras estar integradas en un Ser que sea consciente de su propia existencia. Tener la capacidad de sumar o restar, o de construir herramientas, de comprender conceptos abstractos o de escribir constituciones sólo tiene significado cuando somos capaces de comprender que existimos, de lo contrario no seríamos otra cosa que simios listos para el circo, con capacidades sorprendentes, pero sin Ser donde aterrizarlas. Esa es, en mi opinión, la limitante insuperable de la Inteligencia Artificial: no hay duda que una computadora es más precisa que nosotros para efectuar procedimientos complejos y almacenar información, pero no es consciente de sí misma. En cierta forma la Inteligencia Artificial lleva a cabo procedimientos precisos, pero <inertes>, mientras que el ser humano, con todo y sus múltiples defectos es potencialmente capaz de manifestar en sus pensamientos, raciocinios y actos la Conciencia Pura del Universo ¿No será que ése es el verdadero propósito de la existencia humana? ¿No será que la razón es sólo un instrumento, una herramienta, pero que el verdadero paso evolutivo haya sido el desarrollar la autoconciencia en el Universo? ¿No será que por primera vez en los cientos de miles de años de su existencia, es por vía nuestra, de los seres humanos, que el Universo es parcialmente consciente de sí mismo y su grandeza? Como siempre sucede al abordar esta clase de temas, las preguntas jamás conducen a respuestas, sino a nuevas preguntas que provocan otras y otras. Al final de lo que se trata –cada día me convenzo más– no es tanto en encontrar las respuestas sino elaborar cada vez preguntas más agudas y profundas que nos permitan <intuir> –que sin duda es otra forma no-racional de saber– lo que hay detrás de nuestra mente racional. En nuestro caso estas preguntas hablarán mucho más y mejor de nuestra capacidad de profundizar en nuestra conciencia, que una respuesta cerrada y categórica que serene las aguas de forma permanente y nos generen la ilusión de que por fin sabemos, cuando en realidad el verdadero conocimiento ni siquiera está –al menos por ahora– a nuestro alcance. En fin… por hoy me detengo. Si todas estas inquietudes las generó la lectura de un sólo párrafo de la obra de don Immanuel, no quiero ni imaginar cuánto tiempo habrá de tomarme terminarla por completo, pero supongo que no hay prisa, porque el disfrute de un viaje está en el trayecto, no en regresar a casa.

 


[1] Kant, Immanuel, Crítica de la Razón Pura, Trad. Pedro Ribas, España, Gredos, 2010, Pág. 39.
[2] Real Academia Española, Diccionario de la Lengua Española, España, Espasa, 1992, Pág. 544.