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Individualidad y conciencia colectiva – 1ra Parte
Individualidad y conciencia colectiva – 1ra Parte

27, julio 2012

En el interesantísimo libro de Nicolás Timashev, La teoría sociológica, pude leer una muy buena semblanza del trabajo tanto de Durkheim como de Weber, y ambos sociólogos me parecieron brillantes y memorables. Y quizá lo que resultó aún más sorprendente y maravilloso fue que cada uno defendiera posturas opuestas, y que al profundizar en ellas, ambas en muchos sentidos continúan siendo válidas y verdaderas. Por un lado tenemos el <realismo social> de Durkheim (1858–1917). Esto, en palabras simples significa que este investigador atribuía todos los hechos correspondientes a la realidad social a la interacción del grupo en sí y sobre sí mismo y quitaba el peso de estos hechos al individuo en solitario. Por el otro lado tenemos el trabajo de Max Weber (1864-1920). Por el contrario, este pensador defiende una postura <psicológicamente orientada>, bajo la cual los elementos racionales del hombre visto como individuo eran la materia prima básica de los hechos sociales. Como se ve, ambas posturas son concretas y sólidas, y es el propósito de este trabajo explorar brevemente ambas con la intención de conocer sus potencialidades y limitaciones; y en su caso decantarnos hacia una u otra según señalen sus méritos. En principio comenzaremos por explorar las ideas de Durkheim. Como decíamos, puso todo el énfasis en señalar la importancia del grupo muy por encima de la del individuo en lo relacionado con los hechos sociales. Estas conclusiones están basadas en la convicción del filósofo de que “en la vida social hay algunos hechos inexplicables por el análisis físico o psicológico; hay maneras de actuar, de pensar y de sentir que son externas al individuo y que poseen el poder de ejercer coacción sobre él”. En realidad, pareciera que hablamos de una influencia mágica, que sin que el individuo tenga conciencia de ella, lo penetra, pasa por encima de su psicología, y lo <obliga> a actuar, pensar y sentir de una manera homogénea en tanto grupo social constituido. Es innegable que el contexto donde uno vive termina por marcar en una cierta medida al individuo. Además, este pensador se enfocó en las principales máximas de moral pública, así como observancias familiares y religiosas. Pienso en un ejemplo que quizá, en algún sentido, podría darle la razón a Durkheim: la corrupción en México. Yo, en lo individual puedo tener la convicción de que la idea de que ser corrupto es inmoral y que mi integridad personal la rechaza, sin embargo el sistema social de nuestro país en su conjunto está diseñado de tal manera que resulta casi imposible abstraerse de ella por completo. Tal pareciera que nos ha <penetrado en la sangre y los genes>. Yo puedo proponerme a mí mismo no dar jamás una <mordida> a un agente de tránsito y puedo cumplirlo. Puedo evitar a toda costa pagar <por fuera> todo tipo de trámites, puedo evitar hacer negocios con el Estado en el que el cierre de un contrato equivalga a un cuantioso cohecho, puedo evitar que mi empresa le venda productos a la cadena de tiendas donde el encargado de compras pide comisiones no registradas, puedo hacer esfuerzos realmente importantes y limitar mi productividad por causa de no haberme prestado al juego de la corrupción que, en cierta manera resulta paradójicamente un motor económico, pero parece haber un punto en donde todo mexicano ve como <normal> y <aceptable> cierto tipo de prácticas que si se describen en español solo podría llamárseles <corruptas>. Yo puedo ser todo lo íntegro que quiera en privado, pero como grupo social hay una forma de funcionar a la que no puedo abstraerme. Es verdad que entre más conciencia y más deseo de no participar, el porcentaje de situaciones en que caemos en la conducta corrupta se reduce, pero no estoy muy seguro de que, al menos por ahora, pueda eliminarse del todo. Llevamos a la práctica cada día acciones que nos parecen adecuadas, pero que si lo vemos a fondo no lo son. Por poner sólo un ejemplo: sin el menor empacho le compramos a ambulantes que trafican con mercancía evidentemente robada. Nos ofrecen exactamente el mismo producto que podemos adquirir en una tienda pero a  menos de la mitad de precio y como es más barato ni siquiera nos detenemos a pensar que, al hacerlo incentivamos el robo y la corrupción. Todos los sabemos, pero al final formamos parte de esa maquinaria como si estuviéramos presos en ella. Por otro lado, para un mexicano promedio hay prácticas habituales, donde el problema no parece ser la conducta en sí, sino que lo que la hace indeseable es la posibilidad de ser descubierto. El conductor no evita manejar ebrio, lo que evita es encontrarse con un alcoholímetro. Para ello desarrolla un sofisticado sistema de comunicación por conducto de las redes sociales para saber la ubicación precisa de cada retén, toma las rutas más insospechadas y es capaz de cualquier maniobra suicida con tal de desviarse y no enfrentar esa prueba que sabe de antemano perdida. Cuando por azares de la vida no tiene más remedio que enfrentarla, es capaz de masticar tierra, beber aceite coche, lavarse la boca con destapacaños, o lo que sea que le recomiende el amigo de turno, antes de cumplir la regla y simplemente no manejar cuando le apetezca beber.

Émile Durkheim (1858–1917)

Pero ni siquiera ahí termina el asunto. Ya que lo detuvieron, es capaz de gastar pequeñas fortunas en comprar <amparos> que no hacen sino librarlo de pagar la pena en ese momento. Para un mexicano promedio el asunto es librarla, hacer cualquier tropelía con tal de saltarse la regla y salirse con la suya. Es muy probable que ese mismo individuo, en el resto de las actividades de su vida, sea completamente íntegro e intachable. Entonces ¿por qué lo hacemos? No tengo idea. En este caso uno, en lo individual, puede evitar el cohecho, pero no ese <espíritu> nacional, donde lo importante es <librarla hoy y luego ya se verá>. Comprendo que los ejemplo expuestos son burdos, pero mi intención consiste en retratar una <actitud> que es ciertamente generalizada y que tiene múltiples manifestaciones que pueden ir desde la compra masiva de votos en una elección, compra de piratería, de exámenes, de títulos, de artículos robados, etc., hasta <actitudes> más sutiles como la mentira sistemática, el engaño a la pareja, o incluso a uno mismo. Este es un tipo de comportamiento que se asume como grupo social, más allá de lo que cada individuo pretenda en lo particular. Habrá personas en quien este comportamiento sea natural y no les resulte conflictivo y otros que lo asuman sólo de manera parcial e incluso inconscientemente como vehículo de integración social o como única manera de poder lograr sus objetivos particulares. La próxima entrega continuaremos analizando el trabajo de Durkheim y de Weber a la luz de la sociedad actual donde vivimos.