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Juicios y Valores 3
Juicios y Valores 3

30, noviembre 2012

Juicios y Valores 3   Subjetivismo: Es el caso contrario al que explorábamos la semana pasada; podría llamársele también “individualismo axiológico”. “Ella sostiene que el sujeto individual y no el social es quien confiere valor moral o estético a un objeto, acto, persona o institución”[1].      En este caso el individuo es quien, tras interactuar con el objeto o la situación, la analiza y saca su propia conclusión al respecto y con ella la valora. Existen tres formas clásicas de subjetivismo: El placer: que es esa sensación producida por la realización de una conducta y que en base a ella se le valora. El deseo: aquí lo fundamental es justamente los que se desea. El interés: aquí lo que mueve al individuo a actuar y considerar una conducta como valiosa es aquello que le puede producir. En los tres casos se trata de una experiencia individual que tiene que ver con las sensaciones, mucho más que con el raciocinio. Esta teoría tiene su principal inconveniente en que el valor del juicio se reduce a una escala de calificación sin referente más allá de la psique del individuo que la ejerce. Jamás habría manera de fallar sobre lo bueno y lo malo. Cuando las decisiones morales se toman de una forma tan sujetiva es imposible llegar a la verdad –ni tampoco a la mentira, desde luego–, entre otras cosas por que no se le busca. Lo único importante es la satisfacción del individuo y la valoración termina siendo circunstancial y poco importante puesto que no cambia en nada la percepción del mundo de quien actúa, en todo caso lo más que hace es agudizar su experiencia para escoger conductas que se ajusten aun más a su gusto personal. “Esta crítica nos conduce al meollo de la cuestión: hay intereses buenos y malos, adecuados e inadecuados, honestos y deshonestos. En tal caso, no son ellos los que confieren valor, sino las cualidades del objeto que convierten en bueno o malo a nuestros intereses. El valor radica, pues, en el adjetivo que califica al interés y no en la mera presencia de éste”[2]. El individuo carece de interés en muchas cosas por la simple razón de que las ignora; pero el no saber no les quita valor. Es casi evidente que el interés, o cualquier otra experiencia por si misma, no pueden otorgar valor al objeto y la conducta.   Objetivismo: Esta corriente, ya no permite que sea el sujeto quien le de valor a las cosas, sino que en ella se busca que sea el objeto quien determine el valor. Se postula el valor del mundo a priori; es decir el objeto tiene un valor predeterminado antes de interactuar con el individuo, retomando, de alguna manera, las ideas de Platón.      La experiencia nos pone a la mano cosas valiosas, pero el valor no se extrae de los bienes sino que los antecede. Los valores son independientes del individuo que los capta y no se ven afectados por los cambios que sufre el depositario (la belleza no pierde valor al destruirse algo bello). “Los valores –nos asegura Frondizi- carecen de existencia real, si se entiende por real lo espacio-temporal. Son virtualidades a la espera de su incorporación en un depositario que puede ser un objeto físico, una institución, gesto o persona”[3]. El objetivismo a priori conduce a la conclusión de que los valores son absolutos y rechaza cualquier relativismo que hagan depender el valor de las reacciones del hombre. Para captarlos utilizamos la intuición emocional y por eso no necesitamos de inducción empírica generalizadora, sino que nos basta con un  solo caso. Así las cosas, los valores son inaccesibles a la razón. Bajo esta perspectiva, debemos traer de forma innata la manera de identificar los valores y así determinar por nuestra propia iniciativa lo que es bueno o malo. “Suponer que hay que venir provisto de los valores de agrado y desagrado para saber si algo nos gusta es negar un proceso claro y reiterado de aprendizaje”[4]. Naturalmente estas generalizaciones no son aceptables. Hoy sabemos que la creación de las normas morales es el resultado del medio ambiente, la educación, la interacción entre los individuos, la educación, la tendencia religiosa y muchos otros factores más, y que es nuestra experiencia en combinación con nuestro raciocinio y conciencia la fuente principal de la que abreva nuestra moralidad.

 


[1] Frondizi, Risieri. Introducción a los problemas fundamentales del hombre, Capítulo XI “Naturaleza de los valores”, F.C.E., Colección Breviarios N.260, 1977, Pág. 502.
[2] Ídem, Pág. 510.
[3] Ídem, Pág. 514.
[4] Ídem, Pág. 533.