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Las sinrazones de la Felicidad – 1
Las sinrazones de la Felicidad – 1

17, agosto 2012

Existen objetos, situaciones o personas que durante muchos momentos nos hacen sentir plenos. Nos permiten experimentar, en distintas medidas, la sensación de ser felices o desdichados. Pero cabría preguntarse si realmente existe esa felicidad, como un ente concreto, repetible y perdurable en el tiempo, o es simplemente una percepción que tiene que ver con un punto de vista específico y circunstancial del momento. Si la felicidad es un valor existente en el universo, ¿cuál podrá ser el mecanismo para distinguirla, alcanzarla y, lo más importante, mantenerla como una constante dentro de nuestra existencia? Si por el contrario la felicidad es relativa al individuo, ésta ¿tendrá que ver con lo que deseamos? o en realidad lo deseado y lo deseable transitan por distintas rutas. ¿La felicidad tendrá relación directa con la satisfacción de deseos o es independiente de ellos? ¿Realmente materializar lo que deseo podrá hacerme feliz? No es baladí cuestionarse íntimamente para determinar lo que en realidad se desea más allá de la primera apariencia, ni tampoco carece de interés determinar para qué deseamos lo que deseamos. Entonces podríamos pensar que la felicidad tiene que ver con un fin, con un objetivo concreto. Pero quizá no y entonces sea simplemente una sensación que es por sí misma y somos igual de felices mientras disfrutamos del aroma de una flor, del nacimiento de un hijo o de la obtención del premio Nobel. ¿Existen matices y grados de felicidad? ¿La felicidad es universal? ¿Todo mundo es feliz de la misma forma, por las mismas causas y con la misma intensidad? Podríamos llenar tomos enteros de preguntas sobre este tema, del que todos opinamos pero que objetivamente nos ofrece muy pocos axiomas. ¿Quién puede hablar con certeza sobre la felicidad? ¿Qué es? ¿Qué la origina? ¿Qué la destruye? Es un terreno laberíntico y pantanoso que nos puede conducir a muchos equívocos o a conclusiones arrebatadas y melodramáticas. Tratemos de ir con pies de plomo y empecemos por el principio…   ¿Qué es?   En primer término, tomemos como referencia las ideas de Aristóteles a este respecto. Él aseguraba que la meta de todo hombre era, precisamente, alcanzar la felicidad.[1] Desde esta perspectiva, la felicidad no es sólo un objetivo, sino que es la razón de la existencia. “Consideramos suficiente lo que por si sólo hace deseable la vida y no necesita nada, y creemos que tal es la felicidad”[2]. Pensaba también que todo ser y toda acción tenía una función propia específica y concluyó que la función específica del hombre era tener una cierta vida. El buscar esa cierta vida lo consideraba una actividad del alma y se llevaba a cabo según la propia virtud del individuo.[3]

Esperanza Guisan

Para Aristóteles, el alma se divide en dos partes; una es la irracional, que comprende todo aquello que sucede naturalmente en el individuo (nutrición, crecimiento, sueños) y la otra es la parte racional, que es aquella que lo exhorta rectamente a hacer lo que es mejor y por tanto, al anteponer el raciocinio a las pasiones y los placeres, opta por la virtud y para alcanzar la felicidad debe llegar a la virtud perfecta.[4] En este punto encontramos que el planteamiento nos hace topar de frente con el  problema fundamental de definir la virtud. Es complicado pensar que existen valores y virtudes universales aplicables a todos los hombres y en todas las culturas y épocas. Mientras que para unos la “virtud perfecta” podría ser la santidad, quizá para otros sea alcanzar una idea, o quizá para otros más consista en experimentar un orgasmo. El hecho concreto de la heterogeneidad me impide definir esos valores absolutos y definitivos, y me hace pensar que habrá que buscarlos en la particularidad e intimidad de cada hombre. Visto así, para que algo proporcione la sensación de felicidad es necesario que sea un valor fundamental que rija y que constituya en esencia los códigos éticos y morales de cada individuo.   Por su parte, y viajando al otro extremo del espectro, Esperanza Guisan, en su libro Manifiesto hedonista, nos plantea un panorama muy distinto. La autora piensa que la felicidad radica en el goce, en el placer, en la belleza. Asegura que el saber nos permite acercarnos a las diversas maneras de ser felices y es a través del goce concreto como se consigue esa felicidad y es por conducto de la ignorancia como dejamos de ser felices. “Aprender a gozar de acuerdo con tales presupuestos consistiría, lisa y llanamente, en desembarazarnos de las normas que nos han sido inculcadas e iniciarnos en una conducta autóctona que no tomase en consideración sino nuestro peculiar modo de sentir en cada momento y circunstancia”.[5] Contrario a lo que Aristóteles afirmaba, para esta autora, la felicidad no es una razón de existir, sino que es una consecuencia de abandonarse al goce; sin embargo, tampoco me parece que esta sea una ruta eficaz para obtenerla. Tomemos un ejemplo gráfico. Si hacemos una lectura profunda de los hedonistas de Sade[6] encontraremos a seres que, en efecto, se permiten la posibilidad de llevar a cabo todo aquello que desean, por más desenfrenado y perverso que sea, sin que esto los convierta en seres felices. En contraposición a mi ejemplo, la autora debate sobre la validez del sadomasoquismo como instrumento de goce, pero más allá de sus consideraciones, quien lo practica lo hace con la única intención de obtener placer de ello. Para quien decide llevarla a cabo, esta práctica reúne todas las características señaladas por Guisan para entrar en el rango de acción que conduce a la felicidad: quien lo ejecuta tiene el conocimiento, le produce placer y le parece en cierta forma bello. Sin embargo, a mi juicio, el sentirse permanentemente insatisfecho en busca de más placeres, no puede considerarse como señal de felicidad.

Donatien Alphonse François de Sade (Marqués de Sade)

Desde mi perspectiva, la sensación de felicidad no aparece a consecuencia de un hecho exterior; más bien aparece cuando convergen una serie de factores y hacen que desde el interior del individuo se genere el sentimiento. Si ésta se propiciara a partir de acciones exteriores, bastaría con que repitiéramos una conducta determinada y tendríamos asegurada la felicidad. Pero, si esa misma acción que nos resulta tan placentera, la llevamos acabo cuando nuestro estado de ánimo no es el óptimo, el resultado es distinto del esperado. Por eso, pensar en la felicidad como una repetición de acciones placenteras y gozosas, no sólo es simplista, sino que insuficiente. Yo visualizo los placeres, tanto los físicos, como los intelectuales y estéticos, como herramientas, pero no como fines en si mismos para alcanzar la felicidad. Hasta aquí confrontamos dos distintas visiones que en cierto sentido se contraponen. La lucha de la virtud contra el placer nos proponen dos caminos distintos y nos confrontan a dilucidar cual podrá estar más cerca de la verdad. Pero no de esa verdad llena de condecoraciones, escrita con mayúsculas y acompañada de salvas de artillería, sino nuestra verdad personal, esa que en lo más íntimo nos hace actuar de determinada manera y que nos da marco para que sintamos las cosas que nos suceden de cierta forma, que sin duda es distinta a como las perciben los demás. La falta de certezas universales nos hace sentir vulnerables y nos obliga a buscar nuestros propios caminos hacia la plenitud tanto física, como intelectual y espiritual.

 


[1] Aristóteles, Ética Nicomáquea, Biblioteca Clásica Gredos N. 89, Madrid, 2003, Pág, 134.
[2] Íbidem, Pág. 143.
[3] Íbidem, Págs. 143-144
[4] Íbidem, Págs. 156-159
[5]Guisan Esperanza, Manifiesto hedonista, Pág. 121.
[6] Tomemos como referencia la obra “Los 120 días de Sodoma”. En ella, el marqués de Sade nos expone un escenario desolador, donde sus personajes principales, con la única finalidad de obtener placer, cometen cualquier cantidad de abusos y perversiones sobre personas inocentes, sin ningún freno ni límite a sus deseos (hasta llegar al homicidio) y sin embargo ese desenfreno y esa repetición no los lleva a otra cosa que seguir repitiendo y repitiendo las conductas sin que se aprecie realmente que esto los conduzca, ya no digamos a la felicidad, sino a la simple satisfacción que permite gozar a quien lo disfrutó, de una sensación se saciedad placentera.