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Las sinrazones de la Felicidad – 2
Las sinrazones de la Felicidad – 2

24, agosto 2012

Lo primero es desear bien   Es casi un lugar común esa imagen mental donde un individuo, casi en una dimensión paralela, experimenta una plenitud absoluta y su éxtasis parece no tener límites. En muchos sentidos se parece mucho al concepto de cielo que ofrece la religión católica. Sin embargo en la práctica jamás he conocido a nadie que lo haya experimentado de manera absoluta y permanente, de la mano de esa idea abstracta que implica “ser feliz”. Aunque la idea de felicidad es más o menos universal, la manera de alcanzarla y los factores que la disparan, no son del todo claros. Es un hecho que el acto u objeto que a unos hace feliz a otros los deja indiferentes. Pensemos, por ejemplo, en un hombre de profunda fe que decide entregar su vida a Dios y convertirse en monje de clausura. Esta vida de encierro requiere, no sólo de un gran esfuerzo, sino de una profunda renuncia personal. A partir de su decisión, su vida le pertenece, en la práctica, a la congregación y él tendrá que sujetarse en todo momento a una obediencia incondicional. En este caso el individuo verá realizado su anhelo y en ese encierro y durante sus largas horas oración y trabajo por el bien de la comunidad a la que pertenece, encontrará la fuerza para continuar con esa vida escogida y puesta al servicio de su convicción. Cada esfuerzo y cada entrega personal que realice por el bien del orden escogido, abonará en su certeza y favorecerá sus momentos de felicidad, al encontrarse en comunión, desde su punto de vista, con el mundo y el universo, tanto físico como espiritual que el mismo escogió. Naturalmente que no le será fácil ni vivirá en ese éxtasis de forma permanente. A lo largo de su vida tendrá momentos de debilidad, de ira, incluso de duda, pero estas circunstancias le ayudarán a que, cuando se encuentre de nuevo en comunicación con la divinidad, que a fin de cuentas será lo que lo impulsó a tomar ese camino, alcance de forma más satisfactoria esos momentos de plenitud. Sobra decir que lo que a ese individuo del ejemplo le hace feliz, para mí sería la peor de las condenas. ¿Cómo puede la misma circunstancia hacer feliz a uno y desdichado al otro? Esto nos conduce a suponer que quizá la sensación sea la misma, pero lo que provoca que el individuo la alcance no es una cuestión que se pueda asegurar a priori sino que forma parte de un cúmulo de decisiones personales en las que cada uno tendrá que buscar sus respuestas. Es por eso que se me ocurre como factor fundamental el desear bien. Es decir, que en el fuero interno de cada uno se encuentre aquello que realmente nos satisface, y no lo que aparentemente nos satisface, o peor aun, aquello que dicen los demás que nos debe satisfacer. Alguien puede disfrutar intensamente al presenciar una ópera, mientras que otro puede morir, ahí mismo en su butaca, a consecuencia de un profundo aburrimiento. Mientras uno puede disfrutar de los sabores intensos de un queso roquefort, a otro puede provocarle nauseas. Mientras al más piadoso puede satisfacerle una vida entregada a la asistencia social, a otro puede llenarlo una vida de estudio y de academia.

Monje de Clausura

En algún sitio leí que no hay buen viento para quien no sabe a dónde va. No todos deseamos lo mismo, de la misma manera que no a todos nos satisface lo mismo. Pero aquí viene otro dilema ¿cómo desear lo que debemos desear? Entendiendo naturalmente ese “debemos”, no como un mandato exterior y ajeno a nuestros propios intereses, sino al contrario, abstrayéndonos de los mandatos exteriores, hacer un análisis a conciencia de nosotros mismos y, en función a lo que percibimos, construir nuestros deseos. Es menester no pasar por alto una situación fundamental: cada deseo que tengamos y cada decisión que tomemos en función a ellos, implica renunciar a otro posible deseo. Si deseo tener una vida llena de aventuras, sin un lugar estable de residencia, sin un medio de sustento constante y sujeto en gran medida a los avatares de un destino incierto, pero a la vez deseo tener una familia, una casa con jardín, cuatro hijos, dos perros y una enorme camioneta donde quepamos todos para viajar a Cuernavaca cada fin de semana, será casi imposible que mis dos deseos se lleven a cabo. Ahí es donde decidir cual es mi deseo más deseable toma un papel fundamental. De lo contrario, lo más probable es que no se cumpla plenamente ninguno y la frustración provocada por desear mal me impida disfrutar mis momentos felices. ¿Cómo saber realmente lo que deseamos? La respuesta no es sencilla. Muchas veces, tras la introspección necesaria, nos encontramos deseando algo que quisiéramos no desear. También para este tipo de decisiones, juegan un papel protagónico nuestros prejuicios e incluso los de los demás. Por si todo esto fuera poco, vivimos en el mundo acelerado y eminentemente social, donde es muy común sufrir permanentes distracciones y una multiplicidad casi irracional de estímulos contrapuestos que nos separan de la reflexión necesaria para decidir bien. Lo realmente desafortunado de desear mal es que muchas veces esos deseos equivocados se cumplen.   Demasiado énfasis a la sabiduría   Guisan, defendiendo su postura de que es necesario conocer para aspirar a la felicidad, asegura: “La sabiduría es la llave maestra de la felicidad”[1]. A mi juicio, con este tipo de afirmaciones, la autora sobrevalora la sabiduría en este tema en específico. La capacidad de plenitud, de alegría, de satisfacción plena, es característica humana, no característica de humanos ilustrados. La pregunta evidente sería ¿un analfabeta puede ser feliz? Incluso iría más allá: ¿el hecho de desconocer el concepto de felicidad evitaría experimentarla? En este tema, la autora se mete en camisa de once varas. En primer lugar, el término “sabiduría” empleado como lo hace en el texto es relativo. Yo puedo considerar que tengo o no tengo sabiduría dependiendo con quien se me compare. Además la ambigüedad de las afirmaciones no permite saber a que clase de conocimiento se refiere. Si la sabiduría para Guisan consiste en la diletancia de saber todo, o al menos mucho de todo, entonces serán muy pocos los que entren en el selecto grupo de candidatos a la felicidad. Si se trata de quien sabe mucho de algo, en ese caso alguien extremadamente ignorante puede saber mucho acerca de navegación, o de agricultura, o dominar una técnica específica donde los sabios de Guisán no tengan idea de lo que se les habla. Quizá se refiere a aquellos que tienen un enorme conocimiento de asuntos de estéticos; el experto en arte, el gourmet, el literato, el doctor en filosofía o en historia, el director de cine laureado y gente por el estilo, pero de ser este el caso, nos encontraríamos con que la felicidad, no sólo sería elitista, sino también inalcanzable para todos aquellos que carecen de interés en esa área específica del conocimiento. Por si esto no fuera suficiente, se daría otro fenómeno. Supongamos que un sabio es feliz. Como es muy sabio es consciente de que nadie puede saberlo todo, así que siempre tendría la duda de que si conociera más podría ser más feliz, convirtiendo la felicidad en un callejón sin salida. Como decía antes, la posibilidad de sentir lo que sea, pero específicamente la felicidad, es una característica humana, y por lo tanto todo hombre puede o no experimentarla. Además, sigo pensando que la felicidad es una emoción interior que no tiene necesariamente una relación directa con los objetos externos, aunque sí, en el caso de los temas estéticos, con las percepciones sensoriales. En este caso, la felicidad no se da por la sensación sensorial concreta, sino por la interpretación que el individuo hace de ella a partir de su experiencia personal, su código ético y moral y un sin fin de factores que disparan diferentes sensaciones en cada persona. Aun dentro del selecto grupo de Guisan, un experto puede emocionarse con un amanecer, mientras otro lo hace con una pintura en especial. También en estos casos funcionan los mismos mecanismos que con el ignorante; aunque es evidente que entre más información se tenga y mayor sensibilidad se haya desarrollado, más factores podrán disparar las sensaciones tanto de plenitud como de sus opuestos. El caso es que tanto en los que somos ignorantes, como en quienes no lo son, la posibilidad y la sensación de felicidad es la misma.

 


[1] Guisan, Esperanza, Manifiesto hedonista, Pág. 445.