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Las sinrazones de la Felicidad – 3
Las sinrazones de la Felicidad – 3

31, agosto 2012

Individuos vemos, percepciones no sabemos   Guisan se cuestiona:”Por eso la disyuntiva sigue en pie, y las preguntas se alargan interminablemente. Todos sabemos lo que deseamos, o creemos saberlo, pero ¿sabemos todos, a nivel introspectivo, lo que nos interesa en realidad?”.[1] En el tema de la felicidad, más allá del conocimiento en sí, influye mucho más en el individuo la lectura particular que cada quien haga respecto de lo que ha aprendido a lo largo de toda su existencia. Este factor es fundamental, porque marca a la persona y le imprime una individualidad que lo separa y lo distingue de todos los demás miembros de su comunidad; incluso lo distingue de los miembros más cercanos de su familia o de su grupo más íntimo de convivencia cotidiana. Deseamos y sentimos en relación a quienes somos. Interpretamos lo que nos sucede día con día en función a nuestra existencia en particular. A lo largo de ella, nos han sucedido una serie encadenada de hechos y circunstancias que nos han condicionado a ser aquellos en quienes nos hemos convertido. El lugar de nacimiento, los padres, el medio ambiente, incluso el clima, la educación, las personas con quienes nos hemos relacionado, nuestro subconsciente, nuestras características interiores (carácter, temperamento, etc.) y un sin fin de factores más, nos han condicionado para ser de cierta manera y ahí es donde dejamos de ser humanos en general para convertirnos en hombres específicos e irrepetibles. Quiero hacer énfasis en el asunto de ser irrepetibles. Aun dos hermanos gemelos, nacidos exactamente al mismo tiempo, de los mismos padres y con la misma información genética, incluso con un parecido físico casi absoluto, piensan y sienten con distintos matices. El simple hecho de que uno es mayor que el otro, porque nació minutos antes, los condicionan en cierta manera. El punto es que cada persona posee características únicas y, a consecuencia de ello, motores interiores que responden de forma específica a ciertos estímulos que a otros no los movería a nada y este hecho provoca que cada individuo desee cosas distintas y lo satisfagan circunstancias concretas que poco o nada tendrán que ver con leyes universales de felicidad. Dentro de la individualidad mencionada es importante afirmar que no puede desearse aquello que no se conoce. Esto puede tener que ver con la sabiduría de la que nos hablaba Guisan, pero también tiene que ver con la experiencia. Por ejemplo: un ciego de nacimiento no puede anhelar ver un cuadro en particular con la finalidad de obtener un goce estético específico. Seguramente desea ver, seguramente imagina lo que sería de ver ese cuadro, pero es un deseo distinto que para aquel que padece la ceguera a causa de un accidente y que tiene en la mente retratada esa pintura. Ese mismo deseo, imposible de cumplir, por cierto, se interpreta distinto dentro del raciocinio de ambas personas. Como se mencionaba en el apartado anterior, donde se habló de desear bien, el desear algo que no es posible que suceda, provoca una gran frustración y aleja de la posibilidad de plenitud. Podemos concluir que es imposible desear lo que no se conoce y por lo tanto nuestro concepto de felicidad y la percepción de los factores que nos llevan a la plenitud, son siempre parciales, subjetivos y particulares. Esto conduce a aceptar, que si bien la sensación de felicidad puede ser similar en todas las personas, los caminos que transitan hacia ella no son universales.   Deseos aprendidos   En muchos sentidos y en muchos momentos, el ser humano acepta como ciertos muchos condicionamientos exteriores, no sólo como reglas de conducta correctas, sino como metas deseables que conducen a la felicidad. Incluso en propio concepto de felicidad es muchos casos tomado de lo que considera como tal un grupo o una doctrina específica. Por ejemplo, el católico aprende que la felicidad consiste en alcanzar la salvación eterna para acercarse a Dios. Todos somos sujetos de la publicidad que intrínsecamente ofrece una especie de felicidad a cambio de consumir cierto producto, llevar a cabo cierta conducta o pertenecer a cierto grupo. Nuestros propios padres nos explican que si hacemos tal o cual cosa, si logramos esto o aquello podremos aspirar a ser felices. Estamos permanentemente sujetos a una gran cantidad de estímulos que insisten en convencernos de lo que debemos desear y estas prácticas continúan, y continuarán, por una razón muy simple: en muchas ocasiones dan resultados. Esto no sucede por una conspiración perversa, o por el embrujo que ejerce la televisión o la gente que representa cierta autoridad moral en el individuo, esto se da porque todos necesitamos aprender a desear. Al nacer, el hombre tiene un buen número de necesidades físicas (alimento, cobijo, etc.) y emocionales (afecto, seguridad, etc.), pero carece de deseos intrínsecos. A lo largo de su existencia y apoyado en las experiencias que va teniendo, el hombre se da cuenta que necesita enfocar sus baterías en la obtención de bienes o logros específicos que lo satisfagan. Necesita aprender qué desear y como hacerlo para poder alcanzar el objetivo trazado. Aquí es labor de cada uno, distinguir cual de todas esas posibilidades que se nos presentan corresponden a valores sociales presumiblemente impuestos para mantener la homogeneidad en el grupo y cuales de ellos realmente corresponden con su escala de valores éticos y morales particulares y con ello conducirlo a la mayor cantidad de momentos felices. No es necesario conocerlo todo, pero si identificar aquello que dispara en cada uno el resorte emocional de la felicidad (que no necesariamente del placer) y repetirlo tanto como sea posible.

 


[1] Guisan Esperanza, Manifiesto hedonista , Pág 48.