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Las sinrazones de la Felicidad – 4
Las sinrazones de la Felicidad – 4

7, septiembre 2012

Interferencias a la felicidad   La felicidad no es una cuestión de moral universal. Como ya hemos hablado, no existen valores o circunstancias universales que hagan felices a las personas, sino que son ellas, en lo íntimo y lo individual quienes, basados en sus propios códigos morales y éticos decidan lo que les hace felices. Esto puede conducir a ciertas circunstancias dignas de ser mencionadas. Pensemos en un travestido. No es propósito de este texto analizar por qué llegó a esta decisión, ni mucho menos juzgar si esta conducta es moral o inmoral. Pero si podemos partir de la base objetiva que son individuos que provocan un rechazo social evidente. Este rechazo se manifiesta desde el aspecto familiar hasta el laboral, con toda una enorme gama de matices intermedios. El travestido es un ser rechazado y juzgado, pero que difícilmente tomó una decisión tan radical simplemente como producto de una ocurrencia o con la única intención de escandalizar a sus semejantes (más bien a sus no semejantes). Estos individuos buscan, con ese cambio, sentirse bien e identificarse con su propio cuerpo, que antes de ese cambio los hacía sentir insatisfechos. Una modificación tan extrema de la realidad física de una persona no puede tener otro motor que no sea la búsqueda de identificación y de bienestar y en última instancia de la felicidad. Sin embargo, supongo, quienes dan un paso semejante no pueden de la noche a la mañana liberarse de todo lo que pasa a su alrededor, de todo ese rechazo a todos los niveles e incluso de sentirse inseguros acerca de que si lo que hicieron realmente es moral y correcto. Este individuo que hizo un cambio trascendental en busca de propia felicidad puede nunca alcanzarla por cuestiones íntimas de duda o de culpa. Éste es un caso extremo, es verdad, pero estoy convencido que todos hemos padecido una autolimitación y autocensura de ciertas conductas y deseos que nos satisfacen pero que hemos evitado por prejuicios propios y ajenos, costumbres y culpas que nos agobian. Entonces se da otro fenómeno: a pesar de que decidiéramos repetir aquello “prohibido” que nos dispara la sensación de felicidad, de cualquier manera no la experimentaríamos a consecuencia de ese vacío interior que deja la culpa y el prejuicio. Otra circunstancia, esta la juzgo paradójica, que nos aleja de la felicidad, es la evasión del dolor. Ya dijimos que la felicidad no consiste en un objeto o una conducta, sino en la interpretación que interiormente damos del hecho y su transformación en emociones. En este orden de ideas sentir, lo que sea (agradable o desagradable) ejercita la parte emocional del individuo. Además, esto provoca la percepción clara del contrario y permite que al experimentarlo se le valore en mayor medida.

Una decisión así no se toma a la ligera

La felicidad puede manifestarse a través de un sentimiento de tristeza. Pongamos un ejemplo: Para ciertas personas la lectura de un poema puede traducirse en un goce estético que por unos instantes nos conduzcan a la plenitud y podamos considerar que durante esa lectura fuimos felices. Esa plenitud puede darse por sensaciones alegres, melancólicas o tristes. Tomemos como referencia la lectura del poema número veinte de “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”[1] de Pablo Neruda:   Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos. A lo largo del poema se nos explica que aquella mujer a la que el poeta tanto amó, ahora ya no está con él:   En las noches como esta la tuve entre mis brazos. La besé tantas veces bajo el cielo infinito.   Ella me quiso, a veces yo también la quería. Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.   El poeta imagina, agobiado por la melancolía, que su amada quizá se haya enamorado y ahora esté junto a otra persona con quien goza lo que antes gozaron juntos:   De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.   El recuerdo de su amada lo confunde y lo hace experimentar sensaciones contradictorias y decide, quizá con éxito, quizá sin el, abandonar el recuerdo y olvidarla definitivamente.   Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Es tan corto el amor y es tan largo el olvido.   Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido.   Aunque este sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.  

Pablo Neruda

Con la lectura de este poema el adorador de Neruda, o cualquier persona que pueda identificarse con la situación concreta que expone el poeta y tenga durante la lectura el estado de ánimo adecuado, puede tomar las palabras como suyas y recitarle a un amor perdido. Esta experiencia, si bien es triste, forma parte de un goce estético que nos lleva a experimentar una emoción intensa y plena que bien puede compararse con la felicidad. El goce estético del desamor puede hacernos felices (y sin ser masoquistas... bueno, quizá un poquito).

 


[1] Neruda, Pablo, Antología poética, Editorial Bibliográfica Internacional, Sao Paulo Brasil, 1995, Tomo I Pág. 134-136