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Las sinrazones de la Felicidad – 5
Las sinrazones de la Felicidad – 5

14, septiembre 2012

¿Con la razón o con la emoción?   A lo largo de todo el texto, me he referido a la felicidad como una cuestión de emociones. Entonces, cabría preguntar, ¿qué papel juega el raciocinio en la consecución de la felicidad? A mi juicio, la razón juega un papel importante previo a ser feliz, pero definitivamente podría ser un terrible inconveniente a la ahora de concretarla. Gracias a ella el individuo se constituye en quien es, determina sus valores y metas y fija sus parámetros acerca de lo que quiere desear y decide actuar de una u otra manera. Sin embargo, estoy convencido que la felicidad es una cuestión preponderantemente emocional. La felicidad se siente, no se razona; se percibe, no se calcula. Se intuye, no se planea. Los detonantes de la felicidad son sentimientos y emociones (el amor, la pasión, el goce, la alegría, etc.) y no imagino la forma en que una decisión racional nos haga experimentarla. Incluso, como se hablaba antes, pensemos en el momento en que un científico o un filósofo alcanza a constituir una idea genial: en este caso el proceso racional es el que logra la idea, pero ya lograda, la percepción de la plenitud y la felicidad por el objetivo alcanzado se da por el camino de las emociones. Incluso voy a ir más lejos: es imposible ser feliz y simultáneamente pensar acerca de ello. Me explico. Imaginemos una situación, la que sea, pero en la que estemos siendo felices. El sentimiento nos invade por completo y nos abandonamos a la sensación, pero de pronto, nos llega el pensamiento, la racionalización inoportuna de que en ese preciso instante estamos siendo felices. Esa racionalización nos aleja del sentimiento y dejamos de serlo para, entonces, darnos cuenta de que un instante atrás estábamos siendo felices. Es como si de pronto perdiéramos conexión con nosotros mismos para analizarnos desde la parte mecánica de nuestra existencia, mientras experimentamos la felicidad, pero de facto dejamos de sentirla puesto que estamos pensando en ella y analizándola. La felicidad es una emoción y por lo tanto no es posible racionalizarla simultáneamente que se experimenta. De aquí podríamos fundamentar la teoría de que nuestra mente racional es sólo una parte utilitaria de nuestro ser –como los son las piernas o el páncreas– pero no forma parte de nuestra verdadera esencia, esa que simultáneamente nos conecta con el cuerpo, con nuestros pensamientos, con nuestras emociones, y en una instancia más profunda, con muestro espíritu y con el propio infinito –como sea que cada quien lo entienda–. Pero ése es otro tema que quizá en otra ocasión abordemos aquí. Conclusiones   Aunque es muy complicado definir la felicidad, a lo largo del texto he mencionado algunas ideas que me atrevería a señalar como características de ella. En mi caso, éstas me pueden orientar en la búsqueda, ya no de la felicidad, sino de un acercamiento para tratar de entender ese concepto inasible del que todos hablamos, al que todos aspiramos, pero que pocos tienen claro. Estas ideas podrían resumirse así: 1. La felicidad no depende de ningún factor externo. Es cierto que estos la favorecen en el sentido de que ponen las condiciones para sentirnos felices, pero el simple hecho de poseer algo, o de repetir una conducta en particular, no generan de forma automática la sensación de plenitud que acompaña a la felicidad. Esa sensación de plenitud aparece cuando se han conjuntado una serie de factores internos y externos que el individuo reinterpreta interiormente, sintiéndose pleno. 2. Para que algo nos haga felices, debe formar parte de nuestro código personal de normas éticas y morales. Si una conducta, o el resultado de ella, no nos permite sentirnos bien con nosotros mismos, es imposible declararnos plenos. Si obtuvimos, por ejemplo, un gran reconocimiento tras la publicación de una novela, que en realidad escribió nuestro tío difunto, podremos, si somos realmente inmorales, disfrutar de ese reconocimiento e incluso de los beneficios económicos que produzca, pero jamás de la satisfacción completa e íntima que experimentaríamos de haberla escrito realmente. 3. La felicidad es una cuestión personal. Los factores que disparan la sensación no son universales. En cada individuo existen circunstancias y razones exclusivas y específicas para que se manifieste y es cada uno en su fuero interno quien puede reconocerlas para ponerlas en práctica. Sin embargo, aunque aquello que la detona es relativo, tal parece que el anhelo de felicidad se ha manifestado en diversas formas en todas las culturas y todos los tiempos, así que es posible que sea así como los conceptos universales se manifiesten: en la sensación y en el anhelo, pero con materializaciones diversas en función del individuo y su circunstancia particular. 4. Entendida como plenitud y éxtasis, la felicidad no puede sostenerse en el tiempo. Todas las palabras que describen a la felicidad, como estas que acabo de usar (plenitud, éxtasis) así como todas las demás que se me ocurren (goce, júbilo, alegría, etc.) son, por definición, características momentáneas que sólo pueden experimentarse y reconocerse en función del contraste con sus contrarias (tristeza, desdicha, etc.) Si se lograra que estas sensaciones se mantuvieran en el tiempo, pasaríamos de la felicidad a la cotidianidad. Tener estabilidad económica, emocional, laboral y gozar de buena salud (todo al mismo tiempo) puede definirse como bienestar, pero la sensación de felicidad es distinta, más intensa. Ser feliz, aunque sólo sea un instante, deja huella en el individuo a lo largo de toda su existencia, tener una buena vida cotidiana es muy distinto; quizá aporte satisfacciones, seguridad, comodidades; pero la emoción que se experimenta al vivir un goce pleno de cualquier especie (estético, espiritual, sensorial, etc.) pasa de una dimensión física y material, a una individual e íntima que se vive interiormente. Nota: Cuando escribí este texto pensaba firmemente que esto era verdad, sin embargo hoy creo que bajo determinadas formas de vida es posible mantener la felicidad como una manera de vivir. El problema es que para ello se requiere una reestructuración interior tan profunda que un mundo tan lleno de estímulos superficiales resulta complejo. Quizá el primer paso consiste en rejerarquizar los valores personales y darle verdadera importancia a lo importante. 5. La felicidad no tiene una relación directa con el conocimiento, aunque quizá si, y muy profunda, con la sabiduría. De nuevo, rejerarquizar los valores personales e íntimos parece ser el primer paso serio para lograrla de verdad. Por ser una emoción, mucho más intuitiva que racional, todo ser humano tiene como característica la posibilidad de experimentarla; incluso en el caso extremo de desconocer el concepto[1]. Aunque, como ya se ha dicho, la felicidad no depende del exterior, es evidente que entre más se conozca y mayor sensibilidad se haya desarrollado, se podrá sentir con mayor facilidad, pero éste sin duda no es una situación obligada. Un pescador puede sentirse feliz, mientras ve el atardecer luego de una jornada donde logró pescar muy bien y, a pesar de estar cansado, se siente pleno y satisfecho y se imagina llegando a casa con su mujer y disfrutar de una buena cena. En ese instante el hombre es feliz aun en el caso de que no fuera consciente de ello. 6. Debido a las condiciones específicas de nacimiento y existencia de cada persona, todo individuo es único e irrepetible y por lo tanto se desea y se siente en relación directa a quienes somos. Cada individuo hace una lectura particular de lo que sabe y lo que le sucede y entonces desea y decide en consecuencia. En base a esto (y aun a pesar de la influencia del medio ambiente y los condicionamientos sociales que nos bombardean) el concepto de felicidad de cada uno es personal y por ello parcial y subjetivo, lo que complica la existencia de recetas universales para ser felices. 7. Al nacer, el hombre tiene una gran cantidad de necesidades físicas y emocionales, pero carece de deseos intrínsecos. Es a lo largo de su existencia que identifica aquello que le satisface y comienza a desearlo. Dentro de eso que le satisface, recibe una gran cantidad de estímulos de todo tipo, que tienen la intención de orientar sus deseos en cierta dirección (religión, publicidad, educación, ideas políticas, etc.), pero será responsabilidad de cada individuo, en base a sus deseos más íntimos y a su código moral y ético particular, decidir cuales de esos miles de estímulos lo conducen realmente a obtener la sensación de plenitud. No es necesario conocerlo todo, pero si identificar aquello que dispara en cada uno el resorte emocional de la felicidad y repetir la conducta o conductas que lo desencadenaron, tanto como sea posible. 8. La sensación de felicidad no es una cuestión de moral universal. Cada individuo, en función a su propia ética y a su propia moral sentirá felicidad por diferentes circunstancias. Más allá de aquellos que padezcan deficiencias mentales e incluso gocen cometiendo delitos, puede darse el caso que a alguien le satisfaga cierta conducta reprobada por la mayoría de la comunidad. Esto no sería un impedimento para que el individuo la experimentara, a menos que esa falta de aceptación le provoque un enorme conflicto interior, manifestado por culpa, costumbre u otro factor que interfiera con la sensación misma.

Matthieu Ricard (Según Harvard, el hombre más feliz del mundo)

9. Como ya se dijo, la felicidad no consiste en conductas específicas ni en bienes exteriores, sino en la interpretación que de ellos se realiza interiormente y que a la postre se convierten en emociones. Bajo este parámetro, sentir, lo que sea (agradable o desagradable) ejercita los “músculos” emocionales del individuo y permite la percepción del sentimiento y a su vez la valoración del contrario (alegría – tristeza). De ser cierta esta afirmación, el tener momentos de melancolía o de angustia favorece a que al llegar el momento de experimentar la sensación contraria, ésta se valore de forma mayor. En la medida que evadimos los sentimientos desagradables corremos el riesgo de que nuestras emociones se vuelvan paulatinamente neutras y tengamos una menor capacidad para ser felices. 10. En el estado de ánimo correcto, un goce estético, amoroso, espiritual, físico, etcétera, puede hacernos felices; aun cuando éste parta de un sentimiento desagradable. Por ejemplo: podemos ser felices mientras recordamos un amor perdido: nos duele porque terminó, pero nos hace feliz haberlo sentido. 11. La felicidad es una emoción y por lo tanto no es posible racionalizarla simultáneamente que se experimenta. Es imposible se feliz y al mismo tiempo pensar en ello. La racionalización que implicaría este ejercicio nos alejaría del sentimiento y dejaríamos de serlo para comprender que apenas un instante antes éramos felices.

 


[1] En mi opinión, desde tiempos antiguos,  el ser humano buscó el concepto luego sentir la emoción y de ahí imaginó el “ideal” de lograrla y además mantenerla en el tiempo indefinidamente y no al revés.