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Literatura: significado sin fondo – Parte 1
Literatura: significado sin fondo – Parte 1

21, septiembre 2012

“Toda metáfora es un signo sin fondo”[1], nos dice Roland Barthes respecto a la búsqueda de significados dentro de la obra literaria, y a mí me gustaría ampliarlo diciendo que, al igual que toda obra literaria, toda obra de arte –sea de la naturaleza que sea– es una metáfora de significados múltiples. Es decir: el arte es una metáfora sin fondo. Esta imagen poética me sirve de pretexto para ejemplificar las razones por las cuáles es tan complicado –si no imposible- encontrar una definición de arte, de lo bello, del objeto estético, etc. Quizá en este caso –y en contra de ese afán tan humano de construirle fronteras a todo– definir el arte y la belleza sea estéril e inútil, puesto que al ser ambas de naturaleza subjetiva, pasa más por la sensibilidad de quién las recibe, que por la frialdad y cuadratura de un concepto cerrado. Al decir que “el arte es una metáfora”, podemos definir lo que es la metáfora en sí y lo que pretende en términos conceptuales y esquemáticos, pero no es posible definir los mecanismos de construcción y de interpretación de las metáforas concretas. El afirmar que “el arte es una metáfora sin fondo”, o que “el arte es el alma de la humanidad” o imágenes por el estilo permiten que quien las escucha las recree en su mente y las entienda e interprete –cada quién a su modo, sin duda- pero hace imposible una explicación de la metáfora en sí. Tras sumergirme en la lectura de Crítica y verdad, de Roland Barthes, me encontré con su exposición de lo que juzga como los diferentes problemas relacionados con la crítica literaria, la “ciencia de la literatura” y el carácter simbólico de la obra en sí. En principio nos explica que desde la perspectiva actual, el escritor y el crítico se reúnen en torno al mismo objeto: el lenguaje. Para Barthes ninguno está supeditado al otro y considera que “el escritor no puede definirse en términos del papel que desempeña o de valor, sino únicamente por cierta <conciencia del habla>: Es escritor aquel para quien el lenguaje crea un problema, que siente su profundidad, no su instrumentalidad o su belleza”[2]. Es verdad que para el escritor el lenguaje es un pozo sin fondo y es justamente su trabajo de vida el explorarlo tan profundamente como sea posible, pero sin ahogarse en él, sin verse superado por su fuerza y su diversidad. El explorador del lenguaje me hace imaginar a un ser extraño que, aprovechando el uso de las metáforas, peretende conocer el mar y es al mismo tiempo buzo de profundidad y surfer. Por un lado quiere conocewr lo más íntimo, lo más oculto de él y por el otro, sabe que jamás podrá gobernarlo y se contenta con entender vagamente sus corrientes para dejarse conducir por ellas dejando que la propia fuerza de la ola lo conduzca. Así, comprende que su trabajo es simplemnete escoger la ola correcta y dejar de oponer resistencia al poder natural de la cresta que cabalga.

Roland Barthes

Desde la perspectiva de Barthes, el escritor y el crítico se igualan al explorar y conflictuarse por razones del lenguaje y visto así, la obra crítica, aun teniendo como base una obra primigenia, se convierte ella misma en una obra literaria en toda ley, si bien de naturaleza, propósito y carácter distinto. No estoy seguro de que esto sea del todo verdad. Yo mismo, por ejemplo. En este preciso instante hago crítica de una obra que no es mía y con ello trato de fijar de mi propia postura con respecto a la obra primigenia, pero no me convence la idea de que con ello esté creado una obra nueva. En todo caso aporto un punto de vista que se suma a la obra original colaborando con ello en la propia expansión de la obra citada. Por usar una metáfora en la metáfora, el autor se moenta en la cresta de la ola del lenguaje como el crítico se monta en la ola de la obra que analiza. El autor difícilmente inventará un lenguaje nuevo, de la misma manera que difícilmente el crítico inventará una obra nueva. Así como la obra del escritor desaparece si se le retira ola del lenguaje en la que se apoya, del mismo modo la crítica desaparece si elimina de ella la obra que le dio lugar. Sin embargo, por otro habla también de una “crisis general del Comentario” que se da en el cambio paradigmático entre la idea de la obra de significado total y unívoco, contra la nueva percepción de la obra como una multiplicidad de significados y de posibilidades simbólicas. Por eso se pregunta: “¿Cuáles son las relaciones de la obra y el lenguaje? Si la obra es simbólica, ¿a qué reglas de lectura debemos atenernos? ¿Puede haber una ciencia de los símbolos escritos? ¿Puede el lenguaje del críticos ser él mismo simbólico?”[3]. En nuestros tiempos es impensable ya en la idea de que una obra literaria se constituya a sí misma como un ente monolítico y fijo. Hoy resulta evidente para cualquier creador que su obra, más allá de sus propios propósitos, será sujeta a una inmensa gama de posibilidades de lectura –casi tantas como lectores-. Por eso Barthes nos dice que “la definición misma de la obra cambia: ya no es un hecho histórico; pasa a ser un hecho antropológico puesto que ninguna historia lo agota. La variedad de los sentidos no proviene pues del punto de vista relativista de las costumbres humanas; designa, no una inclinación de la sociedad al error, sino una disposición de la obra a la apertura; la obra detenta al mismo tiempo muchos sentidos, por estructura, no por la invalidez de aquellos que la leen”[4]. Así, la obra literaria toma el carácter de simbólica, entendida no cómo una imagen subjetiva, sino como pluralidad de sentidos posibles. Por eso las obras de arte literarias perduran en el tiempo; no porque impongan un sentido único a hombres de tiempos diferentes, sino porque sugiere sentidos diferentes a un hombre único. La obra se convierte así en un cúmulo de significados que a la vez que explican el pasado, se manifiestan como un acto profético. La próxima semana continuaremos charlando de las opiniones de Barthes a este respecto.    

 


[1] Barthes, Roland, Crítica y verdad, México, Siglo XXI, 1989, Pág. 75.
[2] Íbidem, Pág. 48.
[3] Íbidem, Pág. 51.
[4] Íbidem, Pág. 52.