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Los tres ojos del conocimiento - 1ra Parte
Los tres ojos del conocimiento - 1ra Parte

31, julio 2012

Estos son los primeros de una serie de textos que abordan el problema perpetuo de la lucha entre el conocimiento científico y las intuiciones religiosas y espirituales. Basado en un texto de Ken Wilber, se analiza las diferencias entre un tipo de conocimiento y otro, y se profundiza sobre los mecanismos de validación en cada caso.   Tal parece que para el mundo de hoy aquello que no puede demostrarse mediante el método científico simplemente no existe. La ciencia se erige como el gran juez y sólo aquello que es avalado por ella goza carta de residencia dentro de la realidad. Se comprende que la Ilustración nace como un movimiento que se opone a la religión mítica y como tal, el meollo fundamental de su paradigma consiste en negar cualquier realidad que no pueda comprobarse, muy en especial mediante métodos empíricos.

Ken Wilber

Si lo analizamos en profundidad no creo que el problema sea éste. La comprobación del conocimiento es una parte fundamental de él, puesto que le aporta certeza y nos permite saber dónde estamos parados. Quizá el problema fundamental esté en intentar colocar todo lo cognoscible en el mismo cajón. Así se pretende utilizar los mismo métodos –el científico casi siempre– para determinar el grado de verdad de todo, y así importantes espectros de conocimiento quedan en entredicho ante la imposibilidad de ser constatados mediante este sistema. Por eso, para analizar esta problemática he tomado como referencia el ensayo “Ojo a Ojo” escrito por Ken Wilber (Oklahoma EU, 1949) y contenido en su libro Los tres ojos del conocimiento. En él, hace un análisis de los distintos tipos de conocimiento y los mecanismos para verificarlos.     Los tres ojos del Alma Humana   En cierto sentido la lógica formal y las matemáticas se han convertido en nuevo tirano del saber. Así como en otros tiempos la fe y la teología eran las varas con que habría de medirse todo, ahora este “positivismo lógico” es el único juez aceptado para validar lo que es verdad y lo que no. Lo que me parece apasionante del ensayo de Wilber es justamente su lucidez para comprender que no todo el conocimiento pertenece a una misma categoría y que justamente está en cada categoría del saber, los mecanismos para verificar cada tipo de conocimiento. Es indiscutible que vivimos en un universo físico sujeto a ciertas leyes y circunstancias particulares, medibles y comprobables mediante la experiencia; que poseemos un cuerpo con una determinada bioquímica y que éste está anclado en una serie de procesos y sistemas bioquímicos que pueden observarse, predecirse e incluso modificarse mediante procedimientos técnicos específicos. Pero así como resulta claro y evidente que las Verdades físicas pueden conocerse, demostrarse y predecirse ¿pueden conocerse mediante éste método Todas las Verdades, sean estas de la naturaleza que sean? ¿Puede el método científico, las matemáticas, la física y la lógica formal conocer y validar de manera adecuada las verdades psicológicas, espirituales y trascendentales, que, como se sabe de sobra, son imposibles de medir? Es la búsqueda de respuesta a esta última pregunta lo que hizo retomar el texto de Wilber y analizar su propuesta. Éste autor, basado en diversas disciplinas, desde lo místico y religioso, hasta lo más extremo de lo posmoderno, plantea que los humanos poseemos tres distintos ojos –o tres distintos tipos de visión o de mecanismos para conocer la Realidad–. Estos tres ojos, basados en los planteamientos y la terminología de San Buenaventura, son: el ojo de la carne, el ojo de la razón y el ojo de la contemplación. Con el ojo de la carne observamos el mundo material y externo, somos conscientes del tiempo, del espacio y de los objetos que nos rodean. “Crea y revela ante nosotros un mundo de experiencia sensorial compartida”. Con el ojo de la razón o de la mente somos capaces de acceder al conocimiento lógico, matemático, filosófico, a inducir y a deducir conceptos e ideas sobre el universo que nos rodea. Y por último, con el ojo de la contemplación somos capaces de experimentar realidades trascendentes.     Experiencia Sensorial vs. Experiencia Directa   Como podemos ver en el párrafo anterior, tanto en la definición del ojo de la carne como el del ojo la contemplación o del espíritu se menciona la palabra “experiencia”. En el primer caso se habla de “experiencia sensorial” y el el segundo de “experimentar realidades trascendentes”. Aquí es muy importante hacer una puntualización y dejar claro que a lo largo del texto hablaremos de dos tipos de “experiencia”. Por un lado está la “experiencia empírica” de la que hablaban los filósofos como por ejemplo, John Locke, y en general todo el ámbito científico, formal y académico, y que es aquella que afirma que todo conocimiento mental debe ser previamente –o en su defecto, poder verificarse mediante– un conocimiento sensorial. Esto difiere sensiblemente de la “experiencia directa” o lo “experimentable” desde el punto de vista místico o trascendental, donde dicha experiencia se refiere a la conciencia directa de un hecho, pero sin que medie entre la experiencia y el experimentador formas, lenguajes o símbolos. Esto es que cuando, por ejemplo, un budista dice que la “meditación” es “experiencial” de ninguna manera se refiere a esa experiencia en los mismos términos que Locke lo hacía con la suya, puesto que lo “vivido” durante una meditación no llega a nosotros por conducto de los sentidos, es decir que deviene de una “experiencia” que es diferente del cuerpo y sus mecanismos sensitivos para comunicarse con el mundo exterior. Pero debe quedar muy claro que aquí no hablamos de términos y conceptos misteriosos o mágicos, sino de aquellos que todos podemos “experimentar” de primera mano. Todos podemos adquirir un conocimiento por conducto del ojo de la carne, es decir, por la vía sensorial. Basta con abrir los ojos, extender la mano o hacer una inhalación profunda y habremos captado colores, texturas y olores. Este es el tipo de empirismo al que se refería Locke: objetos o fenómenos que podemos captar de primera mano y que podemos medir, comprobar y reproducir por la misma vía: ver, tocar u oler. Por el otro lado todos, también, hemos adquirido conocimiento por medio del ojo de la contemplación o del espíritu. Hemos sentido amor, enojo, paz, armonía, angustia, etc., y todos estos conceptos los hemos experimentado de primera mano, en ocasiones provocados por un detonante externo, pero en muchas otras han aparecido en nosotros sin que medie entre ellos y nuestra experiencia ninguna percepción sensorial, lenguaje o símbolo. Ninguno de ellos podría medirse, ni ninguno de ellos podría incorporarse a un experimento empirista o positivista, pero no por ello dejarían de existir. Es justo a este tipo de manera de adquirir conocimiento al que a lo largo de los próximos textos llamaremos ojo del espíritu.