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Los tres ojos del conocimiento – 2da Parte
Los tres ojos del conocimiento – 2da Parte

7, agosto 2012

Ojo de la Carne–Mediciones

Estos textos forman parte de una serie donde se aborda el problema perpetuo de la lucha entre el conocimiento científico y las instituciones religiosas y espirituales. Basado en un texto de Ken Wilber, se analiza las diferencias entre un tipo de conocimiento y otro, y se profundiza sobre los mecanismo de validación en cada caso.   Fronteras y jerarquías de cada visión Otra puntualización importante está en definir con claridad las fronteras entre el ojo de la carne y el ojo de la razón o de la mente. A diferencia de lo meramente material, el ojo de la mente participa del mundo de las ideas, de las imágenes, de los conceptos y de la lógica. Es indispensable dejar claro que gran parte del pensamiento científico se basa exclusivamente el el ojo de la carne, y por eso es apremiante comprender que el ojo de la mente no puede restringirse únicamente a él. Es cierto que gran parte de lo que la mente procesa viene del mundo sensorial, sin embargo ésta lo incluye en sus procesos pero a la vez lo trasciende, alzándose por encima de él. “Por medio de la imaginación, por ejemplo, el ojo de la mente puede reproducir objetos sensoriales que no se hallan presentes y, en este sentido, puede trascender el encadenamiento de la carne al mundo presente; mediante la lógica puede operar internamente sobre los objetos sensoriomotores y, de esa manera, ir más allá de las secuencias motoras reales; por medio de la voluntad puede demorar la descarga de los instintos y de los impulsos y trascender los aspectos meramente animales y subhumanos del organismo”[1]. Como podemos apreciar, el planteamiento de Wilber nos habla de una realidad constituida por diversas jerarquías de experiencia y conocimiento, donde lo que aprehendemos y captamos por medio de los sentidos y lo que nos es dictado por nuestros impulsos e instintos –que es la parte, digámoslo así, menos humana de lo humano–, es procesado, incluido y trascendido por la mente, –lo que quizá sea, al menos hasta ahora, lo propiamente humano– y a la vez los conocimientos adquiridos por medio de ella son a su vez procesados, incluidos y trascendidos por el espíritu –que en el fondo quizá sea la condición que nos aleje paulatinamente de lo que hoy comprendemos por lo humano y no acerque a lo que verdaderamente significa el Ser del que habla Hegel o Heidegger o el vedanta o el budismo o los místicos cristianos o la cábala o ese largo y dilatado etcétera que pretende comprender lo que Somos en Realidad más allá de lo material o lo mental–. Es cierto que el ojo de la mente depende del de la carne para adquirir gran parte de su información, pero de ninguna manera podemos suponer que por esto todo el conocimiento mental puede equipararse al sensorial. Los objetos y las circunstancias materiales que los rodean llegan a nosotros por los sentidos, pero la capacidad de medirlos, de modificarlos, de convertirlos en símbolos, en conceptos o en abstracciones es una facultad del ojo de la mente. Como pone de ejemplo Wilber en su texto, las matemáticas son conocimientos no empíricos y si alguien duda de ello que nos señale donde podemos ver, oír y tocar la raíz cuadrada de un número negativo.

Ojo de la mente–lógica racional

De este modo, podemos cerrar este apartado diciendo –en palabras de Wilber– que “el ojo de la contemplación es al ojo de la razón lo que el ojo de la razón al ojo de la carne. Del mismo modo que la razón trasciende a la carne, la contemplación trasciende a la razón. Así como la razón no puede reducirse al conocimiento carnal ni originarse en él, la contemplación tampoco puede reducirse ni originarse en la razón. El ojo de la razón es “transempírico”, pero el ojo de la contemplación es “transracional”, “translógico” y “transmental””[2]. Así las cosas, si Wilber tiene razón, los distintos niveles de realidad se manifiestan de manera jerárquica y los niveles superiores integran, incluyen y trascienden a los inferiores, pero no al revés. En ese supuesto, por ejemplo, la filosofía, que es una práctica que se realiza con el ojo de la mente, no puede, por lo tanto, acceder a las realidades y experiencias del espíritu, que están más allá de la lógica, la razón y el lenguaje. Esta es una diferencia paradigmática muy importante, puesto que nunca será lo mismo especular, argumentar y suponer algo, que efectivamente experimentarlo. Pensemos, por ejemplo, en la diferencia que hay entre un plano –por detallado y certero que sea– y el lugar en sí. Es muy distinto pasar tus vacaciones en tu casa contemplando un mapa de Las Bahamas que efectivamente tomar un avión y visitarlas, caminar por la playa y sentir la arena y el agua acariciando tus pies. Como dice el propio Wilber en otros de sus libros: “el mapa no es el territorio”. Los conocimientos que se obtienen con el ojo de la carne nos otorgan condiciones concretas, que posteriormente se incluyen, integran y desarrollan con el ojo de la razón –el nivel de conocimiento inmediato superior–, que es el encargado elaborar mapas conceptuales de las realidades mentales y trascendentes, mientras que el ojo del espíritu –la jerarquía más elevada del conocimiento– permite efectivamente visitarlas y conocerlas de primera mano.

Ojo del espíritu–meditación

Así, volviendo al caso de la filosofía, podemos estudiar mediante ella todos los ámbitos de la metafísica y cartografiarla tan detalladamente como sea posible –y para eso hemos tenido grandes cartógrafos, como Platón, Aristóteles, Hegel, Kant, Santo Tomás, Heidegger, etc.–. Pero nunca, por medio de la filosofía y su método podremos tener una experiencia metafísica directa. Ahí, los cartógrafos ceden su lugar a los exploradores, es decir a los místicos de todas las denominaciones, como Buda, Cristo, Mahoma, San Agustín, Moisés, etc., quienes en efecto, al parecer, han sido testigos y protagonistas de experiencias espirituales de primera mano. Con lo dicho hasta ahora podemos alcanzar algunas conclusiones respecto al planteamiento de Wilber: “todos los hombres y las mujeres poseen un ojo carnal, un ojo racional y un ojo contemplativo; que cada ojo tiene sus propios objetos de conocimiento (sensorial, mental y trascendental); que un ojo superior no puede ser reducido a uno inferior ni explicado por él; y que cada ojo es válido y útil en su propio dominio pero incurre en una falacia cuando intenta captar totalmente los ámbitos superiores o inferiores”[3]. Las últimas dos conclusiones parecen las más delicadas y complejas de asimilar, pero a la vez resulta fundamental hacerlo para que el resto del texto tenga sentido. Estemos o no de acuerdo con él, el planteamiento de que todos poseemos esos tres ojos mencionados y que podemos conocer distintos ámbitos de la realidad –cada vez más profundos– parece bastante razonable, sin embargo el separar claramente las categorías de cada dominio ya no resulta tan obvio, y tan no lo es, que la propia ciencia y la religión continúan en una batalla secular e inútil tratando de conciliar dos tipos de conocimiento que no pueden ser vistos desde el mismo lugar. Para tratar de comprender con claridad este último punto, profundizaremos más en las diversas categorías de conocimiento propuestas hasta ahora, así como en el enorme riesgo de caer el un error categorial que vicie el resultado de la investigación y aporte resultados falaces.  


[1] [1] Wilber Ken, Los tres ojos del conocimiento, Sexta Edición, Barcelona, Kairós, 2010, Pág. 15.
[2] Íbidem, Pág. 17.
[3] Íbidem, Pág. 18