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Los tres ojos del conocimiento - 6ta Parte
Los tres ojos del conocimiento - 6ta Parte

4, septiembre 2012

Estos textos forman parte de una serie donde se aborda el problema perpetuo de la lucha entre el conocimiento científico y las instituciones religiosas y espirituales. Basado en un texto de Ken Wilber, se analiza las diferencias entre un tipo de conocimiento y otro, y se profundiza sobre los mecanismo de validación en cada caso.   La ciencia como nueva religión  

La ciencia como nueva religión

Lo que no puede verse, medirse y comprobarse por medio de los procedimientos empíricos y el método científico simple y llanamente no existe. Puede practicarse la intuición creativa, pueden desarrollarse los procesos mentales, lógicos y matemáticos, pero en tanto la ciencia no dé el visto bueno, no son parte de lo real, parte de la única y auténtica Verdad que existe. Quizá la única diferencia entre estos postulados y el dogmatismo medieval es que, al menos por ahora, no hay hogueras para los apóstatas, herejes y blasfemos. Y una vez más, es importante dejar claro que no es la ciencia el problema, al contrario, como ya dijimos, el desarrollo de ella nos llevó a dejar atrás infinidad de falacias y equívocos, lo verdaderamente pernicioso es el cientificismo miope que no da lugar ni espacio para verdad alguna que no sea la propia. “Mientras que la ciencia es positiva y se contenta con describir lo que descubre, el cientifismo es negativo porque va más allá de las conclusiones reales de la ciencia, negando validez de otros enfoques del conocimiento y rechazando la importancia de otro tipo de verdades”[1]. Wilber asegura que ante el impacto de los descubrimiento de Newton, la filosofía se quedó impávida por un tiempo, y tras años de desenfrenado racionalismo, terminó por decantarse por el ojo de la carne y los postulados científicos, los cuales, desde su propio ámbito eran sin duda incuestionables. De este modo “los tres ojos del conocimiento comenzaron a reducirse al inferior y terminaron modelados a semejanza del ojo newtoniano de la carne”[2]. Desde entonces el único criterio de Verdad es el empírico. Justo aquí es donde el texto de Wilber me parece profundamente esclarecedor porque hace un enorme énfasis en señalar que la verdad que nos llegan mediante el ojo de la carne –es decir, mediante el conocimiento empírico– no significa que sea verificable mediante la experiencia en general, sino solamente mediante la experiencia sensorial. De este modo los filósofos de la ciencia están completamente impedidos para acceder a verdades espirituales por la sencilla razón de que estas no se adquieren mediante los sentidos. Afirma también que para este momento la ciencia se había convertido en “cientificismo”, en “positivismo”, en materialismo científico, de tal suerte que tenemos “a la parte jugando a ser el todo”. Es muy distinto afirmar que lo que no se ve simplemente no puede medirse, a decir que lo que no se ve no existe. Una cosa que que nuestros sentidos y nuestra intuición no sean capaces de captar algo y otra muy distinta que ese algo no exista. Simplemente hasta hace muy poco no podían captarse los rayos gama, ni los beta, ni montones de frecuencias sonoras, ni si quiera hoy es posible conocer bien a bien el mundo subatómico, pero esa limitación técnica (pues carecemos de los aparatos de medición necesarios) no es sinónimo de que el fenómeno en cuestión no exista. Enseguida Wilber nos pone un ejemplo de lo más ilustrativo:  

Si no se puede medir... ¿no existe?

Cada vez que intentamos representar dimensiones superiores utilizando un modelo inferior perdemos algo en la transcripción. Veamos un sencillo ejemplo: si reducimos una esfera tridimensional a una superficie bidimensional, la transformaremos en un círculo. Es como si, para adaptarla al papel, debiéramos cortar la esfera en dos. Y, aunque cortemos la esfera en dos direcciones completamente diferentes (por ejemplo, de este a oeste y de oeste a este) seguirá apareciendo el mismo círculo. Podríamos decir, pues, que cada vez que un círculo intenta pensar sobre una esfera genera dos afirmaciones totalmente contradictorias igualmente probables porque, para el círculo ambas son, en realidad, correctas. Lo mismo sucede con la razón y le espíritu. Pero los positivistas piensan que ésta es una demostración concluyente de la inexistencia de la esfera, cuando lo único que significa es que los círculos no pueden comprender las esferas.[3]   Mientras que la ciencia, así sin adjetivos, resulta una metodología magnífica para medir y clasificar conocimientos que son posibles de verificar experimentalmente, el cientificismo, que se ve a sí mismo como el encargado de determinar dogmáticamente lo que es verdad y lo que no, lo que existe y lo que no, cae en sí mismo en una profunda e insalvable contradicción. Mientras que la ciencia, consciente de sus alcances y limitaciones se define como una metodología que permite verificar empíricamente los datos de carácter sensorial, el cientificismo dogmático y fundamentalista se ufana en afirmar que “sólo son ciertas aquellas proposiciones empíricamente verificables. Sin embargo, por desgracia, esa misma proposición no puede ser verificada empíricamente”[4], con lo cual cae él sólo en una contradicción y una paradoja absurda. “Como dice Huston Smith, <la opinión de que no hay más verdades que las verdades científicas no constituye una verdad científica y, al afirmarla, el cientifismo se contradice a sí mismo>”[5]. El colmo de esta postura la encontramos en el intento de describir a la mente a partir, únicamente del cerebro en tanto órgano material. En este caso se llega a afirmar que toda experiencia humana puede reducirse a patrones de actividad eléctrica y química en el sistema nervioso del cuerpo humano. Pero enseguida Wilber nos expone lo absurdo y paradójico de esta postura:   Pero si cualquier actividad humana pudiera reducirse a actividad bioquímica, lo mismo ocurriría con esta afirmación. De hecho, si todas las afirmaciones no fueran más que el resultado de ciertas modificaciones bioquímicas, no nos plantearíamos siquiera el problema de la existencia de afirmaciones verdaderas y de afirmaciones falsas, desde ese punto de vista todos los pensamientos serían igualmente bioquímicos. No existirían pensamientos verdaderos y pensamientos falsos sino tan solo pensamientos [de la misma manera que el resto de los procesos del cuerpo, donde no hay digestiones, ni procesos metabólicos, ni sistemas inmunológicos verdaderos o falsos, o buenos y malos vistos desde la moral (esta es una acotación mía)]. Si los pensamientos pudieran reducirse a cambios electroquímicos en el sistema nervioso, no podría haber pensamientos verdaderos y pensamientos falsos por la simple razón de que no existen electrones verdaderos y electrones falsos. De este modo nos encontramos aquí ante la paradoja de una afirmación que, en caso de ser verdadera, sería falsa.[6]   Como conclusión, Wilber propone adoptar “un paradigma trascendental verdaderamente globalizador” mediante el cual deberían integrarse los tres ojos del conocimiento mencionados y donde cada uno de ellos funcione y profundice desde su propio dominio, desde su propia categoría. Desde luego que para que un paradigma semejante pudiera siquiera ser considerado como posible debería contener mecanismos de verificación para cada ojo, para nivel, para cada categoría, y es justo eso lo que Wilber aborda a en la última parte del texto.

 


[1] Wilber Ken, Los tres ojos del conocimiento, Sexta Edición, Barcelona, Kairós, 2010, Pág. 36.
[2] Íbidem, Pág. 38.
[3] Íbidem, Pág. 40-41
[4] Íbidem, Pág. 46
[5] Ídem.
[6] Íbidem. Pág. 47-48.