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Los tres ojos del conocimiento – 7ma Parte
Los tres ojos del conocimiento – 7ma Parte

11, septiembre 2012

Estos textos forman parte de una serie donde se aborda el problema perpetuo de la lucha entre el conocimiento científico y las instituciones religiosas y espirituales. Basado en un texto de Ken Wilber, se analiza las diferencias entre un tipo de conocimiento y otro, y se profundiza sobre los mecanismo de validación en cada caso. Verificación del Conocimiento en tres niveles  

Ken Wilber

Quizá lo más importante del texto de Wilber está por venir. Resulta sencillo hablar de conocimientos mentales/racionales o, peor aún, místicos/espirituales y darlos por buenos simplemente porque sí. Caeríamos justamente en la misma postura dogmática y sin fundamentos de la que queremos huir. Si algo nos ha demostrado la ciencia empírica es que su método de verificación, en el nivel sensorial, que es a la categoría que pertenece, resulta extremadamente certero y eficaz y por eso Wilber propone que la verificación de las otras dos jerarquías –mental/racional y místico/espiritual– se lleven a cabo de manera casi idéntica.   En realidad, todo conocimiento válido tiene una estructura esencialmente similar y, por lo tanto, puede ser verificado (o refutado) de modo parecido. Todo conocimiento válido (en cualquier ámbito) contiene tres aspectos esenciales, denominados instrucción, iluminación y confirmación.[1]   A los tres aspectos que Wilber se refiere son los siguientes: Un aspecto instrumental o perceptivo, que consta de una serie de instrucciones, simples o complejas, internas o externas pero que en cualquier caso se resumen en: “si quieres saber esto debes hacer esto otro”. Esto, en el nivel la ciencia empírica podría traducirse en un sencillo ejemplo: si quieres estudiar el funcionamiento del corazón debes primero estudiar y saber medicina. El segundo aspecto, llamado por Wilber iluminativo o aprehensivo, consiste en una visión profunda del fenómeno a conocer, hecha, desde luego, por el ojo particular al que dicho ámbito pertenece. Es decir, que aquel que ha pasado por la etapa 1 y sabe de cabo a rabo sobre el funcionamiento del corazón y el resto del sistema circulatorio estará en posibilidades de “inventar” un nuevo marcapasos de última generación. Gracias al conocimiento y al estudio serio de su propia materia y desde su propio ámbito y utilizando el ojo correcto –en este caso, el de la carne– (es decir, experimentando empíricamente con ratas, conejos y monos, y no haciendo teoremas matemáticos o especulaciones filosóficas y mucho menos acudiendo a un Chamán para que le diga lo que tiene que hacer y le recomiende un escapulario milagroso) podrá alcanzar el objetivo deseado y podrá, desde el lenguaje de Wilber, iluminarse dentro de su propia esfera de conocimiento. Por último, el tercer aspecto que requiere tener todo conocimiento válido consiste en la confirmación. Aquella visión “iluminada” del inciso anterior, es decir el “nuevo marcapasos de última generación” es sometido al análisis de aquellos también expertos en la materia –y que utilicen el mismo ojo de la carne que se requiere para comprenderlo- y tras aplicar las mismas instrucciones dadas por quién propone el tópico, confirman o niegan la validez del conocimiento en cuestión. Si la “visión” y la “experiencia” de dichos expertos en este ámbito particular coincide con la propuesta, estaremos ante un conocimiento válido.

Expertos de cada Categoría deben verificar la autenticidad del conocimiento

Como se ve, no se trata de analizar los diversos niveles de manera distinta, pero tampoco de hacerlo desde una categoría, ni inferior ni superior a la que corresponde, porque en dicho caso, lo inválido sería la propia “validación”. Yo doy por bueno el teorema de pitágoras porque todos los matemáticos lo confirman, pero por más cierto que sea, yo no tengo los conocimientos ni la experiencia en geometría para decir ni que es verdadero ni falso. Tampoco podría confirmar ni negar las observaciones de una biólogo marino respecto a lo que ocurre con el núcleo de la célula de un tejido en particular, puesto que no sé operar un microscopio, no sé teñir los tejidos, ni sé diferenciar los distintos componentes de una célula a menos que me los dibujen en colores vivos en un libro de texto de biología elemental. Exactamente por las mismas razones, tampoco podría decir que los escritos de Buda sean falsos. Es cierto que yo jamás he podido experimentar esos estados mentales y espirituales, pero cabría mucho más cuestionar al respecto a aquel que tenga los conocimientos directos para juzgar una experiencia de ese tipo. En otras palabras –nos dice Wilber– el aspecto perceptivo exige que, cualquiera que sea el tipo de conocimiento, el ojo apropiado sea adiestrado hasta que pueda adecuarse a su iluminación. Eso también es válido para el arte, la ciencia, la filosofía y la contemplación. […] Si un individuo no estudia el aspecto no. 1 del conocimiento deberá ser excluido de los aspectos no. 2 y no. 3 porque su conocimiento es inadecuado para la tarea. Los sacerdotes que se negaban a mirar a través del telescopio de Galileo eran incompetentes para determinar la certeza de las verdades relativas al ojo de la carne y, por ello, sus opiniones en ese dominio podían ser ignoradas”. Así, cada tipo de conocimiento tiene su propio ámbito de desarrollo y de verificación y conforme la jerarquía sube, se hace más complejo y difícil de aprehender. Para el ojo de la carne es necesaria cierta preparación en el ámbito empírico así como un conocimiento profundo del tema, pero para el ojo la mente la cosa se complica porque ya no se trata de mero conocimiento que pueda, en última instancia, verificarse mediante los sentidos. Si alguien pretende explicar lo que Shakespeare quiso decir con Hamlet, no podrá remitirse al papel y las letras con las que está materialmente formado, sino que habrá de ahondar en significados subjetivos que a su vez serán verificados por aquellos que no sólo conozcan en profundidad la obra, sino que sean capaces de hacer el mismo análisis que el otro llevó a cabo, comprender los conceptos, ya no de la obra, sino “acerca” de la obra, los contextos históricos del autor, etc., y entonces validar o invalidar dichas opiniones.  Es decir, que tanto quien pretenda hacer, como validar un conocimiento del ámbito de la mente, habrá indispensablemente de “entrenar” ese ojo. En el ámbito de la trascendencia y el espíritu deberá hacerse lo mismo. Primero deberá aprenderse la “práctica de la contemplación” mediante alguna actividad particular: meditación, zazen, los mantrams, oración interior, etc. –es decir, no la teoría, no lo que otros piensan o dicen al respecto, puesto que ese tipo de especulación pertenece al ojo de la mente y sólo en ese ámbito podría aplicarse, es decir, que un teólogo podrá decir que cierta argumentación es inválida, pero nunca afirmar que la visión de un místico es falsa o inexistente. Para eso se requeriría a diversos místicos con experiencias semejantes para que validen o invaliden dicha visión–. “Esta prueba final y superior es definitivamente una prueba de Dios o de la naturaleza de Buda o del Tao, pero no es una prueba empírica ni racional filosófica, sino una prueba contemplativa. Decía san Agustín que <nuestra única tarea en esta vida es restaurar la salud del ojo del corazón que nos permite ver a Dios>. Para curar ese ojo es necesario entrenarlo hasta llegar a ser competentes...”[2]. Al igual que para desarrollar tareas científicas o mentales se requiere un entrenamiento, lo mismo sucede para el aspecto espiritual. Así como en los otros ámbitos hay experimentos fallidos o teorías equivocadas, sin duda lo mismo sucede en el ámbito espiritual, donde ciertas intuiciones pueden interpretarse de manera errónea, pero para desenmascarar lo que es mentira –exactamente igual que en los otros ámbitos–, debe partirse de que algunos son capaces de identificar lo que es verdad y es a ellos a quienes se debe recurrir para tal efecto. Cuando haya un consenso entre aquellos debidamente entrenados en el ojo de la contemplación respecto a una experiencia en particular, entonces, y sólo entonces –exactamente igual que sucede en la ciencia empírica o en el conocimiento lógico/racional– podremos hablar de una experiencia válida.  

Matthieu Ricard (monje budista de origen francés) analizado en Harvard acerca de los beneficios de la meditación. Los resultados fueron sorprendentes... o quizá no tanto.

Hay quienes afirman que el conocimiento místico no puede equipararse al conocimiento real porque no es un conocimiento público sino <privado> y, por consiguiente, no puede ser sometido a validación consensual. Sin embargo, esto no parece del todo correcto ya que el secreto de la validación consensual es el mismo en los tres ámbitos: un ojo entrenado es un ojo público y un ojo público es un ojo comunal o consensual. Para los matemáticos, por ejemplo, el conocimiento matemático es un conocimiento público (pero no lo es para los no matemáticos) y el ojo de la contemplación es un ojo público para todos los sabios. […] El conocimiento de Dios es tan público para el ojo contemplativo como la geometría para el ojo de la mente y la lluvia para el ojo de la carne.[3]   En opinión de Wilber el conflicto perpetuo entre ciencia empírica y religión es, en realidad, un conflicto falaz y aparente que tiene lugar entre los aspectos pseudocientíficos de la religión y los aspectos pseudorreligiosos de la ciencia, puesto que si la ciencia se dedicara a hacer ciencia y la religión permaneciese en su ámbito, sin tratar de pontificar también sobre aspectos científicos que no domina, el conflicto en cuestión ni siquiera se presentaría. Visto de esta manera, el problema entero se debe a un simple error categorial y que surge cuando los teólogos quieren ser científicos y los científicos, teólogos. Wilber propone, en resumen, la adopción de un nuevo paradigma que se apoye igualmente en los tres ojos (carne, mente y espíritu) con el propósito de integrar en el mundo del conocimiento todo aquello que en verdad lo sea, independientemente de su origen y categoría. “Y un paradigma verdaderamente trascendental debe ser capaz de abarcar las tres perspectivas. Tal paradigma, pues, debería abrazar e integrar las tres visiones y, por consiguiente, sería completamente diferente de la religión tradicional, de la filosofía/psicología tradicional y de la ciencia tradicional”[4]. Sin duda que esta visión es, en cierto sentido simple y compleja a la vez y representa grandes retos para vencer nuestra reticencia cultural a no considerar como verdadero a nada que no sea posible de comprobación sensorial o que no corresponda al pie de la letra con nuestras creencias. Sin embargo al mismo tiempo todos intuimos que más allá de nuestras percepciones particulares o nuestra convicción religiosa, existen fenómenos, ideas, emociones y sentimientos que si bien es cierto que no es posible medirlos, ciertamente existen, o en su defecto, podrían existir. A lo largo de la historia las certezas absolutas solo han servido para derrumbarlas y construir otras nuevas sobre sus escombros. De igual manera esta visión conlleva grandes retos. Si todas las visiones pueden ser válidas, ¿cómo saber cuál es la verdadera? ¿Será que todas son verdaderas? O, al contrario, ¿será que todas son falsas? No será quizá que todas son interpretaciones distintas de una misma realidad subyacente que se oculta casi por completo para apenas dejarse ver en atisbos sutiles y que desde ese atisbo todas, a partir de su propia visión, podrían coexistir en paz y respeto. Un paradigma como este ¿no podrá abonar a la auténtica colaboración entre categorías? ¿no podrá significar auténtica aceptación e integración del mundo del conocimiento respetando cada nivel y cada ámbito? ¿No sería la primera piedra para que la visión positivista–racional–cientificista más radical admita siquiera la posibilidad de reconocer que quizá somos más que impulsos nerviosos y electricidad y que el ámbito espiritual efectivamente podría existir? ¿No sería un gran pretexto para que las grandes religiones dejen por la paz aquello que les es ajeno y se concentren de una vez por todas en el desarrollo espiritual tanto de sus representantes como de sus seguidores? En fin, como siempre en los temas trascendentes hay más preguntas que respuestas. Quizá también sea el momento de acostumbrarnos a que el cosmos siempre será misterioso y su naturaleza esquiva, siempre nos ofrecerá universos enteros y hasta entonces ocultos y por descubrir. ¿Por qué limitarnos a solo conocer una parte, cuando tenemos ante nosotros un inmenso Todo por explorar?  


[1] Wilber Ken, Los tres ojos del conocimiento, Sexta Edición, Barcelona, Kairós, 2010, Pág. 49
[2] Íbidem, Pág. 51-52
[3] Íbidem, Pág. 53
[4] Íbidem, Pág. 54.