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Mi Lucha Historia de un Libro 2ª Parte
Mi Lucha Historia de un Libro 2ª Parte

12, junio 2012

La semana pasada hablábamos sobre el libro de Antoine Vitkine y cuyo título es: “Mein Kampt” (Mi lucha) Historia de un Libro”. En él se analiza y desarrolla con detalle la historia de aquel extenso conjunto de ideas radicales, y hasta asesinas, publicado por Adolfo Hitler en 1924. Como ya decíamos la ocasión anterior, cuando apareció el libro de Hitler “hay un gran número de contemporáneos dispuestos a acogerlo”. Por si esto fuera poco hay un factor externo que ayuda a que la balanza se incline a su favor: la crisis de 1929. Luego de la terrorífica crisis económica que sacude a occidente y de las vacilantes condiciones de Alemania tras la Primera Guerra Mundial, el país sufre las consecuencias más terribles para cualquier sociedad: inflación exponencial y desempleo masivo. Así, los electores se polarizan, entre la propuesta comunista y el partido Nacional Socialista encabezado por Hitler. “Una parte de las élites conservadoras, atemorizadas por el espectro bolchevique, marcadas por los disturbios revolucionarios de la década anterior, termina a su vez por considerar a Hitler bajo una luz favorable”. Sólo en 1930 se venden 54,000 ejemplares del libro. Y claro, lo demás ya lo sabemos: el Nacional Socialismo gana las elecciones de 1933 y Hitler es designado canciller. Hay un dato que me resulta de lo más interesante y en el que jamás había reparado: Hitler era un “best-seller” y como tal, un hombre tremendamente acaudalado. Aún antes de acceder al poder, Hitler renuncia a su sueldo de canciller, promesa tremendamente popular. Pero él ha recibido un 10% de la venta de cada libro y ese porcentaje se incrementará al 15% a partir de 1933. Es dueño de diversas propiedades y para 1947, “Mein Kampf” habrá redituado al Führer, según cálculos que expone Vitkine en su libro, el equivalente a “decenas de millones de euros actuales”. Otra reflexión interesante es considerar Mi lucha como “una conspiración a la luz del día”, pues, en la práctica “se trata de un plan de dominación mundial distribuido en millones de ejemplares por un régimen totalitario”. Hitler, en cuanto llega al poder se da cuenta de esto y toma las medidas que considera pertinentes para que sus planes, tan alegremente declarados, lleguen sólo a las personas correctas. Una cosa es que los alemanes se enteren y abracen el plan de Führer y otra muy distinta que se enteren los enemigos. Al hacerse canciller, al mismo tiempo que obliga a que el libro se convierta en texto de cabecera para todo alemán que ame su patria, restringe tanto como le es posible, su salida al extranjero. En el libro de Vitkine se toca la ambigüedad con que el Vaticano reacciona ante el nacismo, mientras que al resto de los países hegemónicos (Inglaterra, Francia y el propio Estados Unidos) llegan versiones parciales de las que se ha suprimido casi por completo los planes de política exterior y los afanes expansionistas del régimen, así que tampoco puede acusarse a Hitler de ingenuidad y candidez. Y cierro la idea con esta interesante opinión de Vitkine: “El temor de Hitler a haber hablado demasiado resultó infundado. En cierto modo, el resplandor de las afirmaciones contenidas en Mein Kampf, antes que iluminar a sus contemporáneos, los cegó”. Para cuando Hitler llega al poder, su libro tiene diez años de escrito y sus ideas no se han movido un ápice y nunca debe olvidarse que su camino a la cancillería “ha sido más una sucesión de votaciones, escrutinios y campañas electorales que de batallas sangrientas”. Este pudiera ser un ejemplo muy ilustrativo de que, aunque no lo parezca, el voto ciudadano si tiene un efecto y en lo personal me exige ser más responsable y reflexivo acerca de lo que uno debe hacer con él. “En 1933, son 1,300,000 los alemanes que tienen Mein Kampf en sus manos”. Es justo en ese año en que se celebran las últimas elecciones dignas de ese nombre. En las elecciones del 5 de marzo de 1933 el partido Nacional-Socialista obtiene el 43.9% de los votos y para el 22 de ese mismo mes se abre el primer campo de exterminio. Al día siguiente, 23 de marzo, Hitler obtiene plenos poderes y el 7 de abril se promulgan las primeras leyes radicales que excluyen a los judíos de la función pública. Para el 14 de junio el Partido Nacional Socialista se convierte en partido único y el dos de noviembre –después de un referéndum- Alemania  sale de la Sociedad de Naciones, madre de la actual ONU. “El proyecto anunciado en Mein Kampf se hace realidad”. Y todo esto, cabe mencionar, dentro de la más profunda legalidad. “Muchos alemanes lo apoyaron, –leemos en el libro de Vitkine- no porque fueran robots descerebrados, sino porque se convencieron de los aspectos positivos de Hitler y de las ventajas de la nueva dictadura”. “Sin embargo, –no explica el autor un poco más adelante- en su gran mayoría, los alemanes no son antisemitas radicales y no quieren la guerra, no comulgan con las principales tesis de Mein Kampf. Y sin embargo todo sucedió en medio del respaldo casi total…”. Terrorífico ¿no creen? Son demasiadas las cosas interesantes tratadas en este texto de Antoine Vitkine pero quizá lo más importante consista en reflexionar sobre lo que realmente pensamos (no lo que creemos que pensamos) y sobre lo que puede suceder con una idea llevada al extremo del delirio. Mein Kampf no es una curiosidad histórica ni mucho menos un libro muerto. Todo lo contrario, sus ventas a nivel mundial se mantienen en bonanza y sin duda es uno de los libros más vendidos de todos los tiempos. Hoy en día la principal difusión de él y sus ideas se da en algunos países árabes y orientales, donde el problema judío es de completa actualidad (sólo pensemos en el hoy de Israel y Palestina) y dónde el antiamericanismo (justificado o no) permea en los sentimientos más profundos de las personas al sentirse invadidos por una potencia extranjera con el único afán de extraerle sus riquezas. Tampoco olvidemos que en los países como el nuestro, dónde la injusticia y el desequilibrio social están a la orden del día, los radicalismos más exacerbados encuentran terreno fértil. No parece que prohibir textos como ese resulte la solución, sino más bien la lógica me sugiere que un mundo de justicia y bienestar general nadie optaría por la guerra y el exterminio. Me queda muy claro que probar mi hipótesis será muy complicado, pero soñar no cuesta nada.