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Nosotros y Ellos
Nosotros y Ellos

22, febrero 2013

Fran Peavey

Hace apenas unos días tuve una acalorada discusión donde, de forma –según yo– heroica trataba de defender el derecho de los homosexuales a casarse en absoluta igualdad de circunstancias y derechos que los heterosexuales. Esa noche me fui a la cama con la conciencia tranquila, porque aunque la gran mayoría de los asistente me miraban con incredulidad, desconfianza y asombro ante mi defensa airada de una minoría nada bien vista entre las <buenas conciencias>, yo había expresado lo que consideraba correcto y racional. Sin embargo al día siguiente recordé un artículo que hacía poco había releído y me hizo darme cuenta de que los prejuicios que airadamente reclamaba a mis interlocutores están tan arraigados en mi como en ellos, y así mi endeble serenidad interior se desvaneció por completo. El artículo del que hablo está contenido en un libro por demás espléndido e interesantísimo: Encuentro con la Sombra. Esta antología es una reunión de artículos breves escritos por diversos psicólogos de la talla de Carl. G. Jung, Marie-Louise von Franz y Ken Wilber, entre otros. Como el propio título lo señala, el libro trata por entero de la <sombra>, ese término Jungueano que define aquella parte de nuestra personalidad que está oculta de nosotros mismos, agazapada en el inconsciente y de la que pocas veces nos damos cuenta de que existe. Este hecho provoca que pasemos por alto lo mucho que influye en nuestras decisiones cotidianas, y que además nos impide conocernos realmente a profundidad. Si bien en dicha obra hay un buen número de textos memorables, hoy me gustaría hablar de ése que llamó poderosamente mi atención por estar escrito con una honestidad en cierta forma brutal y fascinante que me fue desarmando e incomodando mientras lo leía. Cada uno de sus párrafos hizo que me cuestionara respecto a cada uno de esos conceptos éticos y morales que resultan por un lado tan evidentes y aceptados, pero por el otro tan complicados de concretar en la realidad por culpa de nuestros prejuicios. Ante dichos cuestionamientos me pregunté si sería capaz de hablarme, ya no a ustedes, o a esos interlocutores a los que trataba de convencer de que abandonaran su cerrazón y aceptaran a aquellos que son distintos pero igualmente humanos, sino a mi mismo, a mi propio rostro frente al espejo con esa claridad y esa apertura que me hiciera darme cuenta que soy un elemento más de esa realidad injusta e intolerante que critico. La autora del artículo –Fran Peavey– es una mujer que no conocía, pero que es presentada en la introducción como una intensa activista política en los Estados Unidos de los sesentas. Su texto habla precisamente de aquel tiempo en que trabajaba en pro de los derechos civiles de los más desfavorecidos y comenta que en aquella época tenía muy claro quiénes eran los <malos> y quiénes los <buenos>. Recuerda que para ella quienes se negaban a atender a un negro en un restaurante eran racistas, que quienes organizaban una guerra eran belicistas y que los dueños de las fábricas que contaminaban eran los responsables del deterioro ambiental. Simple y sencillo, como sin duda podríamos verlo hoy en día. De ese modo el mundo puede ser espantoso, pero comprensible, y para aquellos que queremos hacer más bien que mal, nos coloca en una disyuntiva más o menos clara de hacia donde dirigir nuestros actos. Sin embargo los años le hicieron profundizar en sus observaciones y afinar sus conceptos y de pronto la separación entre buenos y malos se hizo cada vez más ininteligible. Así lo explica ella en sus propias palabras:   “Pero, por más que proteste, un examen sincero de mí misma y de mis relaciones con el mundo me revela que yo también formo parte del problema. Me doy cuenta, por ejemplo, de que desconfío más de los mejicanos (sic) que de los blancos, constato también que soy adicta a un estilo de vida que sólo puede mantenerse a expensas de la gente más pobre del planeta –una situación sostenida, por otra parte, gracias al poder militar– y advierto que el problema de la polución no está desvinculado de mi despilfarro de los recursos energéticos y de la creación de desperdicios. De este modo, la línea que antaño me separaban claramente de los malos ha terminado esfumándose[1].   Sus ideas me parecen de una veracidad abrumadora. Me miro al espejo y, aterrado ante la posible respuesta, me pregunto: ¿De veras consideras como tus iguales a todas las personas con que te topas? ¿Realmente sentarías en la mesa de tu casa a la primera persona que te encontraras en la calle? ¿Por qué lo dudas? ¿No dices que todos somos iguales y no sé cuanta cosas más…? ¿Realmente eres capaz de ver con la mismos ojos y de dirigirte de la misma manera a un indígena que vende hamacas o un cholo de Tepito lleno de tatuajes que aun jovencito rubio con ropa de marca o a un señor bien perfumado y vistiendo un traje Hugo Boss? ¿No será que tranquilizamos nuestra conciencia comprando productos orgánicos y llevando al súper una bolsa de tela, pero nos olvidamos por completo por el agua que desperdiciamos en esa “pequeña gotera” que detecté en la azotea hace 2 meses?   En fin, no quiero alargarme más por hoy. Sólo dejo ahí una breve reflexión para aquellos que, como yo, están convencidos de ser justos, abiertos y tolerantes. ¿Realmente tus acciones cotidianas, tus reacciones ante los que son distintos que tu, tu compromiso real y concreto con tu comunidad corresponde con aquello que aparentemente piensas y que sería capaz de defender airadamente ante cualquiera –aunque sólo sea de palabra–? ¿Aseguras que respetas el derecho de los homosexuales, pero te da “repele” cuando los ves de la mano por la calle? ¿Aseguras que los indígenas son un activo de nuestra sociedad, pero ni siquiera permites que se te acerquen por medio que te contaminen? ¿Aseguras en tu blog que todos somos iguales pero internamente observas a la gente que ofrece un servicio como si fueran de una calidad inferior a la tuya? Es en estos pequeños detalles donde podemos por un lado realmente conocernos y cambiar aquello que no nos gusta de nosotros mismos, y por el otro gracias a ellos podemos comprender por qué el mundo está como está, pero también podemos asumir los pasos para convertirnos en parte de la solución. Es posible que eliminar de golpe todos los prejuicios que cargamos desde la cuna resulte imposible, pero lo que si se puede lograr –y prácticamente de inmediato si se tiene un poco de voluntad– es dejar por un instante de ser “nosotros” y ponerse en los zapatos de “ellos”. Al final, la empatía y la comprensión mutua es el camino más directo hacia la paz y la aceptación.

 


[1] Edit. Zweig C. Abrams, J., Encuentro con la sombra, Kairos, Barcelona, 2008, Pág. 299–300