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París: la ciudad viva
París: la ciudad viva

1, marzo 2014

Cualquier cosa que se diga sobre París es un lugar común. Sobre ésta ciudad se ha dicho todo y de todas las formas imaginables, así que en este caso me limitaré a reconocer que éste París –el de éste viaje en particular- fue una ciudad distinta, porque, luego de muchos años, visitarla fue el pretexto perfecto para pasar unos días con mi padre y mi hermana –y desde luego con Alcira, una mujer fantástica a la que aprecio y respeto profundamente-.

Fueron días muy especiales porque pude descubrirme a partir de reflejarme en los otros. Sin siquiera esperarlo mi padre y mi hermana fueron espejos perfectos donde me vi de cuerpo entero en las similitudes, pero sobre todo en las diferencias y me sentí reconciliado con la vida y con el pasado.

Pero también -hay que decirlo- a pesar de ese cambio esencial en el sentido del viaje, éste también fue el París de siempre; el que sobrecoge ante su magnificencia, el que deslumbra con sus calles y sus puentes, el que se disfruta mejor desde el Sena, el que se degusta con cada pedazo de queso y cada sopa de cebolla, el de los impresionistas, el de Picasso, el de los parisinos amables y el de los insoportables, el de Víctor Hugo, el de Napoleón, el de Montmartre, el del barrio Latino, el de las boutiques, el del museo de Orsay, el del Lido, el de las sex-shops y el de las iglesias en cada esquina.

París es París y uno no puede entender cómo han conspirado los años para que justo ahí se concentre y acumule tanta belleza y elegancia. ¿Por qué ahí y no en otro lado? ¿Cómo han hecho para conservarla como si fuera nueva? ¿Por qué hasta los Nazis –a los que puede calificárseles de muchas maneras, pero difícilmente como delicados y compasivos- la consideraron un trofeo que debían preservar?

Cada visita a esta ciudad es una extraña sorpresa. Uno sabe lo que verá, uno sabe a la perfección dónde está cada cosa y cada lugar y por eso suponemos que nos mantendremos imperturbables, pero París siempre nos sacude con esa manera tan suya y tan única de ser al mismo tiempo una ciudad museo y una ciudad viva.

Ir a París es ir siempre a una ciudad distinta y sin embargo siempre es la misma; esa que aguarda a los viajeros petulantes a los que termina por vencer y hacerlos caer de hinojos ante los paisajes mil veces conocidos.