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Sociópatas somos Todos. (Eso sí, unos más que otros)
Sociópatas somos Todos. (Eso sí, unos más que otros)

24, julio 2015

La característica fundamental de un sociópata es la carencia de empatía. Como no es capaz de ponerse en los zapatos del otro, no le representa problema alguno contemplar impávidamente el sufrimiento de los demás como algo ajeno. El arquetipo popular del sociópata es Anibal Lecter, el asesino serial que disfrutaba de comerse a sus víctimas. Me pregunto: ¿Qué diferencia hay entre Anibal Letcer y un despiadado corredor de Wall Street? No me parece que tanta. El segundo, en su afán de simplemente obtener una beneficio especula sin escrúpulo alguno y es capaz de destruir (o cuando menos alterar significativamente) la vida, los empleos, y la estabilidad de decenas o de miles o hasta de millones de personas sin siquiera inmutarse, sin experimentar la menor empatía, compasión ni nada por el estilo. ¿No es lo mismo que hace un político que ejerce los presupuestos públicos de manera arbitraria y particular con tal de obtener un beneficio económico directo o uno político a mediano o largo plazo? ¿O qué decir de aquel que participa con plena conciencia en actos de corrupción sin importarle en lo absoluto la gente que habrá de sufrir las consecuencias de ese acto y, de nuevo, sin experimentar la menor empatía por los demás? Ni el político, ni el corredor de bolsa, ni el empresario abusivo, ni el maestro que deja tiradas sus clases con tal de defender lo indefendible, matan y se comen a sus víctimas, es verdad. Casi peor: ni siquiera parecen ser conscientes de que ellas existen. ¿No es esto una falta de empatía cuando menos semejante a la del sociópata clínico? El sociópata clínico tampoco cree estar enfermo de nada. No puede extrañarle no experimentar lo que nunca ha conocido. ¿No será que hay más sociópatas de los que nos atrevemos a aceptar que existen? ¿Somos capaces de empatizar y sentir auténtica compasión por el otro o también somos, en mayor o menor medida, sociópatas? La empatía es –o cuando menos debería ser– el valor social por excelencia. Ninguna estructura social puede realmente consolidarse con salud interna sin ella. Si no somos empáticos, quizá no seamos totalmente humanos aún. Quizá el “Ser aunténticamente humano” es una aspiración sólo alcanzable cuando seamos capaces de reconocernos en el otro. “Soy humano porque soy como ella/él”. “Soy humano porque siento el dolor del otro y me siento en comunidad –con otros humanos como yo– porque él/ellos siente(n) el mío”. Tengo la sensación de que la empatía no es un valor que se da de forma total de un tirón, sino que lo experimentamos en diversos grados. Podemos ser empáticos en un área de la vida y no serlo en otra. E intuyo que somos más humanos en tanto seamos más capaces de experimentarla. Aunque en principio damos por sentado que se trata de un valor universal, lo cierto es que la empatía no parece ser una característica básica de los seres vivos, sino una muy avanzada exclusiva de humanos con cierto grado de desarrollo interior. Cuando la supervivencia está de por medio, la intuición empática se diluye. Un ser humano que se conduce exclusivamente por sus instintos básicos, difícilmente la experimentará. La empatía nace en ámbito éticos y morales de desarrollo altos y se hace más profunda y menos superficial en tanto esos niveles continúan desarrollándose. Quizá el tema consiste en reconocer que la empatía es indispensable para vivir en comunidad y que no siempre lo somos en todos los ámbitos y en todo momento. Quizá ese reconocimiento de nuestros propios límites y carencias nos permita comprender por qué los demás tampoco lo son, y generar así cierto grado de empatía cuando el otro no lo es.